¿La verdad o la mística nacional?

(Manifiesto que circuló en forma anónima en Buenos Aires,  abril de 1982)

Al igual que los demás, impelidos por la pasión, por el mie­do, por la necesidad de estar en la corriente, aquellos que habrían debido ser los dirigentes no hacían más que seguir a la masa camino del precipicio… Supe de una vez por to­das que los estudiosos, aquellos cuya ocupación parece que debiera consistir en mantener encendida la luz de la verdad en medio de la tormenta, eran igual que los demás hombres, ciegamente patrióticos, ferozmente alertas, cobardes y falsos tan pronto como la opinión pública empieza a pisar fuerte. […] Toda discusión, toda búsqueda de la verdad quedó sus­pendida como por ensalmo. Ganar la guerra o pasar inad­vertidos sanos y salvos entre los vencedores se convirtió en la única preocupación. Del extranjero sólo llegaba el ruido de la pólvora, en casa sólo se oía el incesante parloteo de una propaganda manifiestamente indiferente a la verdad.

Testimonio del pintor y crítico de arte inglés. Roger Fry ante la guerra del 14.

Durante los años últimos nuestras fuerzas armadas mataron a argentinos sin juicio previo ni siquiera sumario, asesinaron a argentinos que se encontraban en situación de prisioneros, some­tieron a argentinos a la condición de rehenes que después fueron en algunos casos asesinados y en otros corrieron distinta suerte. De todo esto se trata, en rigor, cuando se habla eufemísticamente de “desaparecidos”. No negamos que hayan matado, también, en en­cuentros frontales o en capturas resistidas. Tampoco negamos que muchas de las víctimas -nos referimos a los guerrilleros urbanos- utilizaban los mismos métodos enajenados e inhumanos que los victimarios. Pero también cayeron argentinos que no tenían nada que ver con esa “guerra de aparatos”. No nos olvidamos, por últi­mo, que antes de 1976 las bandas “parapoliciales” (otro eufemismo) que armó, auspició y toleró el gobierno peronista asesinaron del mismo modo; y recordamos también que una de las ramas de las AAA funcionaba en la Unión Obrera Metalúrgica que comandaba el señor Lorenzo Miguel. En efecto, no olvidamos. Se comprende por lo que decimos que no nos sujetamos ni nos sujetaremos a las visiones ideológicas de las distintas corrientes y sus intereses; ra­zonamos. E invitamos a otros argentinos a que también razonen; a que, independientemente de que tengan o no posiciones de partido, no acepten sustituir el razonamiento por los slogans doctrinarios, las fórmulas ideológicas, los caballitos de batalla. Que defiendan la verdad por encima de toda adhesión programática.

Las fuerzas armadas emplearon los métodos citados, según dijeron, para ganar una guerra. Al principio recibieron el apoyo explícito de un sector reducido de nuestra sociedad, la conformidad implícita y ambigua de un sector importante de ella y el repudio silencioso y contenido de la mayor parte de la población. En los últimos tiem­pos y hasta minutos previos a la recuperación armada de las islas Malvinas, la repulsa emocional y la condena moral de los métodos que emplearon -en violación a toda norma civil e incluso militar- se había extendido mayoritariamente y se las escuchaba; es difícil ya hacer bajar los dedos que los señalan. Sin embargo, hoy, minutos después de lo que decimos, estas mismas fuerzas armadas envían a la muerte, sin ninguna necesidad ni justificación, a otros argentinos y reciben, por el contrario, la convalidación, entre otras institucio­nes y sectores, de todos los partidos políticos. Todos.

Desde los más reaccionarios y patrioteros, pasando por las dos vertientes del nacional-populismo (radicales y peronistas) hasta las organizaciones de izquierda y las de extrema izquierda. Estas últimas, claro, utilizando el antiguo expediente caratulado como “apoyo crítico” (?). Los partidos tradicionales, a su vez, expresándolo “con reservas”. Ninguno, absolutamente ninguno de los partidos del es­pectro político argentino, ha dicho no al despropósito de esta carnicería. Ni siquiera no al costo económico inaudito de esta aventura en un país arruinado y con su población empobrecida como nunca. Cabe, entonces, preguntarse: una de dos, o las fuerzas armadas se han redimido de sus métodos para resolver las guerras, o las expresiones políticas orgánicas de la sociedad argentina están irredimiblemente descompuestas.

Tres falacias principales arman la mistificación

La mistificación no es la mentira. Si así fuera, sería sencillo que todos y cualesquiera de los que la reciben percibieran su naturaleza falsa. La mistificación es una combinación dosificada de mentira y verdad. Cuanto más afilada es la combinación, más difícil se le hace al receptor medio rechazarla. Otras veces, la combinación no es tan pulida sino por el contrario bastante burda, pero la suma de las presiones institucionales e ideológicas que se ponen en juego hacen titubear al receptor medio y, con frecuencia, éste termina por acep­tar el contenido del mensaje que se le emite; lo hace suyo y lo repite como propio. Así se forja la llamada “opinión pública”, que no es de ningún modo la “opinión del público”, que jamás es consultado ni encuentra canales para expresarse, sino la “opinión” que el poder dominante desea que el “público” adopte como suya.

Algunas “opiniones públicas”, o, dicho de otro modo, algunos asun­tos sobre los que es indispensable fabricar “opinión pública”, cuen­tan con distinto grado de consenso y disenso entre los forjadores de opinión, vale decir, gobiernos, medios masivos de difusión, partidos políticos, instituciones religiosas, empresarias, sindicales, culturales, “personalidades habitualmente consultadas”, etc. A este conglome­rado se lo suele designar con el nombre de establishment, o factores de poder, o grupos de presión, o simplemente forjadores de opinión.

En suma, el aparato de manipulación ideológica. Los asuntos que tienen consenso y disenso son aquellos que afectan de modo des­igual los intereses de las distintas fracciones de poder de la sociedad civil. “Asuntos polémicos”, por así decirlo, que se ventilan pública­mente porque no afectan el poder en sí sino intereses parciales de las distintas fracciones y sobre los cuales es necesario obtener un consenso mayoritario que respalde determinada decisión. En otras ocasiones, que son menos frecuentes, el asunto debatido obtiene, y no puede sino obtener, consenso unánime. Uno de los asuntos es el de la “soberanía nacional” en los estados nacionales. Constituye, pro­piamente, el dogma central de la religión nacional. O, expresado de otro modo, “el que no salta es un inglés”.

No nos ocuparemos aquí de los múltiples aspectos que exhibe la manipulación actual de la opinión pública argentina. El patrioteris­mo barato, las exaltaciones caricaturescas de coraje criollo, la fan­farronería bélica a que se sienten impelidos atléticos ancianos de nuestra dirigencia, las cátedras magistrales de estrategos al menu­deo, con charrasca o sin ella. Tampoco hablaremos del triunfalismo que vuelve a chorrearnos con fuerza ¡tan argentino, tan nuestro! y que reanimado por esta recuperación de la “unidad nacional” o “frente interno” o “mística nacional”, como se prefiera, ha vuelto a ponernos al alcance de la mano, ahí nomás, Nuestro Destino de Grandeza. La Argentina Potencia, como se decía no hace tanto. O, el modo de época más reciente, “¡Argentina Campeón del Mundo!” La ola es purulenta y, también, contagiosa. Porque, en verdad, el asunto “nacional” no es difícil que encuentre cierta coherencia entre la manipulación de arriba y la respuesta espontánea de abajo. A las brillantes arengas marciales con que el presidente Galtieri retem­pló la decisión de nuestros soldados de escarmentar a los ingleses, respondió como un eco el estribillo de manifestantes en Plaza de Mayo: “Lo ‘vamo’ a reventar”.

No nos interesan estos aspectos que, por lo demás, el argentino al que nos dirigimos advierte con indignación y rechaza con desprecio.  

Nos referimos sólo a los tres núcleos centrales de la mistificación. En ellos se sostiene la campaña y ellos son refirmados desde todos los sectores y aun por personalidades que merecen cierto respeto (la declaración de Sábato es desafortunada; cuánto más preferible hubiera sido su silencio). Es este doble peso el que origina dudas en muchos casos y en otros inclina a guardar silencio.

Primera falacia: ¿de qué “soberanía nacional” se habla?

Resulta difícil conciliar el hecho de que los argentinos hemos recu­perado el ejercicio de la “soberanía nacional” sobre nuestras Mal­vinas, con el hecho de que, ya recuperadas, los argentinos conti­nuamos sin ejercer soberanía nacional alguna. Este contrasentido burdo, que se convierte en una burla insultante a los únicos que pueden ejercer la soberanía, ha generado un chiste grotesco, propio de la época que vivimos: en las islas Malvinas habría vigencia de la Constitución y elecciones. La torpeza castrense no se detiene ante nada. Los altos dirigentes políticos que presenciaron este gag del ministro del interior no cuestionaron nada. No era, seguramente, el momento.

El contrasentido manifiesto a que se ve expuesto este concepto de “soberanía nacional” marca la primera falacia de la mistificación. Ella consiste en una falsa identificación: se confunde el concepto “soberanía nacional” con el de “integridad territorial”. Desde luego que si una potencia extraña usurpa un espacio de nuestro territo­rio, en ese espacio no se podrá ejercer la soberanía nacional. Pero esto es una consecuencia, y los dos conceptos, aunque relacionados siguen siendo diferentes y nada autoriza a hacer de ellos uno solo e indistinto. Porque la sustancia de la soberanía nacional no es la pre­servación de la integridad territorial sino el ejercicio del poder por el pueblo. Esta es la esencia del concepto “soberanía nacional”. La soberanía nacional no se define sino secundaria y agregadamente desde el punto de vista nacionalista; su definición exacta y esencial emerge desde el punto de vista democrático.

Esta falsa identificación se instrumenta en el discurso patriotero a través de la omisión de la diferencia o por simple sustitución de los términos. Sin embargo, en algunos casos el propósito de distorsionar el concepto se pone al descubierto con desenfadada inocencia, como en esta declaración del partido para la Democracia Social (Massera): “la soberanía nacional se identifica [sic] con la soberanía popular como bases que permitan mantener enhiesto el objetivo de preser­var…”. Vale decir, la integridad territorial y la soberanía del pueblo son para los redactores una misma y sola cosa. De más está decir, por otra parte, que no hay tal soberanía “nacional” por un lado y “popular” por el otro; se trata de una ingeniosidad de los aseso­res del almirante. Nación sin pueblo no existe, es una entelequia (históricamente, es una configuración del derecho político burgués, posterior al derecho político feudal que, como se sabe, concedía el ejercicio de la soberanía al rey); pueblos sin nación existieron y existen, y existirán por mucho tiempo todavía (el pueblo judío ayer, el pueblo vasco hoy y tantos otros). El Diccionario de la Real Academia Española, a pesar de su conservadurismo, no mistifica como estos teóricos: “Soberanía nacional. La que, según algunas teorías de derecho político, corresponde al pueblo, de quien se su­pone emanan todos los poderes del estado, aunque se ejerzan por representación”.

Un pueblo, en el pleno ejercicio soberano del poder, bien puede ceder una franja de su territorio a otro pueblo, porque a éste, por ejemplo, las características de su territorio le impiden mejorar sus condiciones de vida y a aquél la abundancia de territorio inexplota­do lo induce a concederlo. Una mente enviciada por el nacionalismo dirá de ese gesto que es una cesión inaceptable de “soberanía nacio­nal”; una mente democrática, por el contrario, exaltará el hecho de fraternidad. Se nos dirá que esta hipótesis es poco probable en la situación mundial actual de naciones-estados severamente abroque­lados en su “integridad territorial”. En efecto, no somos ingenuos.

Pero el hecho de que la realidad sea esta no nos conduce a nosotros a convalidar y aplaudir la concepción que la sustenta. Está claro ya para el lector, a esta altura, que lo que cuestionamos es precisamen­te eso: la concepción “nacionalista” sobre la que se soporta el parlo­teo chovinista argentino de hoy y sobre la que se viene desde antes soportando la euforia criminal con que los pueblos marcharon a la guerra entre pífanos y charanga. Es esa concepción “nacionalista” la que invierte mistificadoramente el concepto de soberanía nacional y sitúa por encima de éste el de integridad territorial.

No resulta nada casual que hoy resurja con ánimo el latiguillo de que hemos sido siempre un pueblo demasiado noble y paciente que viene por ello “perdiendo” franjas de su territorio… Estos rasguidos nacionalistas, con los que se templa el Espíritu Nacional, pretenden exacerbar la belicosidad territorial, acicatear un falso orgullo que no tiene nada que ver con el mejoramiento de la condición humana de los pueblos sino con la sacralización de los Estados y los inte­reses dominantes que éstos protegen. No negamos, por otra parte, que estas tentativas nacionalistas obtengan éxito en sectores con­siderables de nuestra sociedad. Estos nacionalistas eluden con de­licado tacto rememorar la guerra anexionista de la Triple Alianza contra el pueblo paraguayo, en la que participaron destacadamente y en cuyos entretelones se movía el imperio británico. Nacionalistas a quienes similar tacto les aconseja no expresar públicamente hoy, como lo hacían antaño, su desconsuelo por la “pérdida” de la “pro­vincia” uruguaya. La obsesión moral de un nacionalista consecuen­te no la constituyen los hombres sino los mapas.

Son estos mismos defensores del Ser Nacional, con charreteras o sin ellas, los que trinan porque el Brasil nos “invade” con su cultu­ra en las “zonas de frontera”. Los fenómenos de la vida social los ven desde la óptica de la “geopolítica”, esa seudociencia castrense que lleva impreso el sello de la codicia territorial nacionalista bur­guesa y de la estrategia de dominio y anexión (que la URSS, en su descomposición, por supuesto adoptó a partir de la década del 40). Nosotros decimos: ¡bienvenida la cultura brasileña y la simbio­sis inevitable y fecunda de las regiones fronterizas, como se lo ha comprobado en todo el mundo (la galaico-portuguesa, por ejemplo)! ¿Qué les molesta? ¿Que el intercambio sea desigual? Pues entonces lo que hay que remediar es esa desigualdad. Pero eso no se consigue mandando gendarmes y estúpidos “trenes culturales” que van, di­cen su bocadillo estéril y se vuelven, sino construyendo diez radios en Misiones, treinta teatros en distintos pueblos, escuelas, centros culturales, y forjando una situación económico-social que permita a los pobladores disponer de ganas y tiempo libre para asistir a ellos. Esta es la solución para los pueblos, no el cretinismo geográfico para el Poder.

El razonamiento que venimos desplegando nos advierte que la falacia de que se vale el gobierno militar en estos días no es de su factura. Abreva en la vieja concepción nacionalista que surge y se consolida con el desarrollo de los estados-naciones en la época moderna, faz institucional del desenvolvimiento económico-social del capitalismo. En nombre de esa concepción del Estado-Nación, hábilmente atizada por las potencias europeas, se fragmentaron y balcanizaron los pueblos latinoamericanos. Se podrá argüir que la introducción de las formas capitalistas en nuestra América hacía inevitable esta dispersión “nacional”. No quita ni pone el hecho de que las formas ideológicas, las concepciones que se plegaron a ese proceso y contribuyeron a introducirlo fueron las del “nacionalis­mo” de las clases dominantes, no de los pueblos, y que esas concep­ciones “nacionales” no estaban ni estuvieron al servicio de mejorar la suerte de los pueblos sino a la búsqueda de constituir mercados subdivididos e independientes (nacionales) que aseguraran su usu­fructo a las burguesías locales y consolidaran el poder con que éstas se repartían los virreinatos desmembrados por la lucha de libera­ción. Las reivindicaciones territoriales no pertenecen a los pueblos sino a los que los sojuzgan, pese a que sectores importantes de esos pueblos las asuman muchas veces como propias. Las dos guerras mundiales constituyen penosos ejemplos de ello.

Sólo engañados por la propaganda mistificadora de los que los do­minan marchan los pueblos a los campos de batalla en pos de reivin­dicaciones territoriales. Y sólo con la conciencia de sus intereses, y los de la humanidad entera, derraman los pueblos su sangre por la recuperación de su soberanía, usurpada por agentes internos y ex­ternos. Esta es la verdadera lucha de los pueblos. Y con eso pisamos el umbral de la segunda falacia: la del colonialismo, que justificaría, según las voces dominantes, la aventura guerrerista a la que se nos ha llevado.

Segunda falacia: ¿de qué forma de colonialismo se habla?

La posesión de las islas Malvinas por Inglaterra constituye un acto de usurpación colonial. Esto no admite para nosotros debate. Aho­ra bien, fundada en esto, la recuperación armada de tales islas está justificada. Así reza la propaganda castrense y el coro civil que le hace eco. El espectáculo tiene, no vaya a creerse, su gracia: figuro­nes consuetudinariamente proimperialistas, empleados de todo pe­laje de los intereses multinacionales que nos expolian, uniformados sumisos a las órdenes pentagonales y con intenciones actuales de rematar todo nuestro subsuelo (proyecto Alemann) recitan, aquí y allá, su tirada “anticolonialista”. Se les adivina el rictus de fastidio: la palabreja les repugna en el fondo de sus corazones. Pero qué va­mos a hacerle: ¡el momento lo exige, están en juego los intereses sagrados de la Patria…! El truco -asignarle el carácter de falacia parece más bien un abuso de lenguaje- consiste, como en el caso anterior, en una identificación mañosa de las distintas formas de coloniaje. Veámoslo.

La forma de usurpación colonial más antigua y frecuente que la historia ha conocido ha sido la de la usurpación de la soberanía na­cional. La usurpación por la fuerza del derecho de una comunidad social a ejercer su destino. Ya se trate de comunidades que habían constituido una nación, ya de organismos tribales, ya de socieda­des intermedias de alto desarrollo social y cultural como lo fueron las civilizaciones precolombinas que España subyugó. En todos los casos, esas comunidades fueron privadas de su soberanía: el poder político fue usurpado por las metrópolis, la riqueza económica les fue expoliada, su cultura fue arrasada y se les impuso otra. Es fácil comprender que en esta forma de dominación colonial la usurpa­ción de la integridad territorial es secundaria, un medio militar de instaurar la usurpación de la soberanía. Y ésta es la forma más anti­gua y común de la dominación colonial. Valiéndose de este concepto verdadero y generalizado, nuestra propaganda chovinista evade el reconocimiento de otra forma de colonialismo, en la que se enmar­ca precisamente la usurpación colonial de las Malvinas. Como en la falacia anterior, aquí se ha vuelto a realizar una identificación amañada.

Esta forma diferente de usurpación colonial es posterior a la prime­ra. Consiste en el apoderamiento por la fuerza de un fragmento de la integridad territorial con la intención no de constituir un status de expoliación colonial en el sentido anterior, vale decir, extender el dominio de la comunidad social a la que pertenece ese fragmento, arrebatarle su soberanía y explotarla económicamente en su benefi­cio, sino, plantarse en ese espacio restringido y asentar un dominio estratégico que por lo general se corporiza en una base militar. Tres ejemplos claros, entre otros, pueden suministrarse de esta distinta forma de dominación colonial: la base inglesa de Gibraltar en Espa­ña, la base norteamericana de Guantánamo en Cuba, la base inglesa que el imperio británico proyectó instalar en las Malvinas y que por diversas razones, entre ellas la propia decadencia del imperio, no se llegó a concretar. Las diferencias entre esta forma de coloniaje y aquella son transparentes: esta dominación colonial no afectó la soberanía de estos tres pueblos ni los despojó de su destino. Aún con la usurpación territorial de Gibraltar, España sostuvo monar­quías, se dio la república, se enfrentó en guerra civil, soportó el franquismo, recuperó la democracia. Aun con la usurpación territo­rial de Guantánamo, el pueblo cubano derrocó a Batista e instauró una sociedad de nuevo tipo. Aun con la usurpación territorial de las Malvinas, el pueblo argentino dirigió como quiso y como pudo su destino. Lo mismo puede decirse en el plano económico y cultural. Ninguno de los tres pueblos puede achacar sus vicios y sus virtudes a la influencia de estas usurpaciones territoriales. ¿Cómo entonces aceptar la vocinglería “anticolonialista” que pretende identificar nuestra situación con la del sometimiento colonial de, por ejemplo, la India por Inglaterra, o la del Congo por Bélgica, o la de Argelia por Francia?1

Porque si nuestra situación fuera la de esos dominios coloniales -ex­presión primera y más general, como hemos visto, de colonialismo-, entonces sí no cabría una sola duda de que deberíamos derramar hasta la última gota de sangre por emanciparnos de ese yugo, co­mer raíces hasta conseguirlo, arrasar nuestro propio suelo hollado, como lo hicieron los vietnamitas. En nuestro caso, por el contrario, la alharaca “anticolonialista” que pretende justificar esta aventura bélica que diezma vidas argentinas y dilapida nuestra economía exangüe, constituye un fraude grotesco. Un fraude, al parecer, con complicidad bastante unánime.2

La usurpación territorial de las islas Malvinas por Inglaterra con­figura una forma de dominación colonial. Por eso no debemos re­nunciar jamás a nuestro derecho sobre ellas y debemos continuar reclamándolas. Pero por el carácter de esa dominación, por la for­ma de que ella está revestida, que hemos mostrado con bastante claridad, ninguna aventura belicista está justificada para nuestro pueblo. Es el costo humano-social de la recuperación armada lo que hace a ésta absurda, criminal, contra toda razón valedera de nuestro pueblo. Ni el pueblo cubano ni el español son menos “patriotas” ni “anticolonialistas” que nosotros porque no se lanzan a reconquis­tar por la fuerza las usurpaciones territoriales que padecen. De los tres casos, el nuestro era el menos grave, hasta inocuo -salvo para el Honor Nacional- comparado con los otros dos- y con los tremendos problemas irresueltos que acosan a nuestra sociedad-. Y aquí, preci­samente aquí, estalló esta comedia trágica que sacrifica vidas huma­nas y saquea nuestra quebrada economía. Para hacerla más estúpida todavía.

Tercera falacia: “no se podía hacer otra cosa” o “se nos acabó la paciencia”

En estas dos frasecillas, bastante al uso en nuestros días, está sinte­tizada la razón histórica por la cual en abril de 1982 la Argentina se vio compelida a recuperar por las armas el archipiélago. El énfasis que se pone en estas aseveraciones vacías, el subrayado dramático con el que se nos informa de la “situación límite”, “insoportable”, a que habíamos llegado, entre ademanes de dignidad ultrajada y ges­tos de sobreentendimiento que nadie entiende, revelan el montaje sainetesco de esta tercera falacia. Parece razonable que Juan Morei­ra “agotara su paciencia” por la deuda impaga del pulpero Sardetti y se decidiera a coserlo con diez exactas puñaladas, una por cada mil patacones usurpados. Pero salvo en este caso, ¿cómo puede admi­tirse que se envilezca la opinión pública elevando la “impaciencia” a razón de Estado? ¡Más, a razón suficiente para que un pueblo se inmole en la guerra!

Una sola cosa hubiera justificado que el pueblo argentino se deci­diera a analizar la posibilidad de una acción armada sobre las Mal­vinas: que Inglaterra mostrara hechos concretos de que se disponía a cambiar el status de dominación. Y esto no admite subjetividades ofendidas ni heridas al pudor nacional, tópicos para uso de políti­cos y entorchados. Hechos concretos: que se empezara construir una base militar, por ejemplo o que se había iniciado la explotación de las riquezas del subsuelo malvinense. Estos hechos concretos, que modificarían el status usurpador en nuestro perjuicio, hubieran constituido razón suficiente para que los argentinos sopesáramos la necesidad de una respuesta que pusiera freno al avance. Todo el mundo sabe que nada de esto estaba ocurriendo ni ocurría. Que los ingleses tienen poco menos que abandonadas esas islas, que habían incluso reducido su presupuesto de sostenimiento administrativo. Hace ciento cuarenta años que los ingleses no quieren entregarnos las islas; hace catorce años que le vienen dando largas a la reso­lución internacional. ¿Por qué el 2 de abril de 1982 se “agotó la paciencia argentina”? Es una patraña. Una patraña en la que, a con­ciencia, entra toda la dirigencia política argentina.

Cualquier lector atento al maremágnum de noticias que nos sumi­nistran los diarios en estos días se da cuenta de que la pérdida de las Malvinas constituye un problema político serio para los ingleses, o mejor dicho para su gobierno; en cambio, la recuperación de las islas no significaba ningún problema ni de vida ni de muerte ni serio para los argentinos. Para un pueblo como el argentino, con miles de kilómetros cuadrados semidesérticos e incultivados, la recupe­ración inmediata de ese territorio nacional entrañaba un problema inquietante para dos tipos de razones: las del Honor Nacional y las de la Geopolítica. Ninguna de las dos merece ser reverenciada. Pero si además para satisfacerlas se hace menester una acción armada, con todo lo que ello significa humana y económicamente, entonces las razones invocadas se transforman de desdeñables en delezna­bles. En medio del maremágnum de noticias estalla en los oídos de los argentinos la información de que Holanda y Bélgica nos han bloqueado la entrega de armas diversas encargadas con anteriori­dad al conflicto; Austria, por su parte, toma la misma determinación con respecto a tanques de alta tecnología, y Alemania hace lo mis­mo con cuatro fragatas y dos submarinos que nos estaban constru­yendo por encargo de nuestro gobierno. ¡Armas diversas, tanques, cuatro fragatas y dos submarinos comprados por la casta militar de un país hambreado como la Argentina! Que los políticos aplaudan, si son consecuentes, esos gastos. Y otros que ya se irán conociendo.

El gobierno inglés en manos en esa época de los laboristas aceptó iniciar el trámite de devolución de las islas. Lo mandó después a vía muerta. Para todo observador inteligente, o por lo menos no ensordecido por el bochinche, está claro que no se atrevió a asumir el costo político de esa devolución. La “opinión pública” inglesa, y también buena parte de su pueblo, hay que decirlo, siguen im­pregnados del efluvio imperial. El gobierno conservador siguiente, quintaesencia del espíritu inglés más rancio, no iba a comerse ese bocado con regocijo y menos en una etapa preñada de dificultades internas. A esto debe agregarse hoy, en la opinión pública no sólo inglesa sino europea, el hecho de que durante seis años estuvieran absorbiendo las campañas de denuncia mundial por las violaciones de los derechos humanos de la dictadura argentina. Ahora, los polí­ticos argentinos que han visitado Europa en misión de solidaridad con nuestra causa vuelven y dicen que hay dificultades para com­prenderla, que la imagen del régimen militar es… un inconveniente. ¿Qué esperaban? ¿El apoyo irrestricto? No queremos tomar con­ciencia de las incoherencias que nuestro propio país provoca.

La otra parte de los rechazos y agresiones que provienen de los medios europeos no gubernamentales (los gobiernos, ya lo hemos dicho, se están manejando estrictamente por intereses) deben ins­cribirse en una triple óptica tradicional: la mirada eurocentrista, la más añeja y honda de sus limitaciones hacia nosotros; el ejercicio imperial e imperialista de la mayor parte de esas naciones, que ha impreso fuertemente la conciencia social y del cual quedan huellas bien marcadas (hasta en España, el país más pobre y desguarneci­do de la comunidad europea y con el proceso de descolonización más antiguo, se leen arrestos y mohines de aquella época en que “el sol no se ponía”); su carácter de países centrales y dominantes, que conlleva una notable incomprensión de los países periféricos o mal llamados “subdesarrollados”. Y, naturalmente, la estupidez, que abunda en todos lados. Esta triple óptica era conocida y no puede sorprender a nadie que quiera discernir la verdad en lugar de armar alborotos. Los plumíferos argentinos están en lo último: se les paga, es cierto, para que azucen la opinión pública y aviven el fuego. En Gran Bretaña ocurre exacta-mente lo mismo. No es serio que ningún argentino tome posiciones con respecto al proble­ma de fondo en función del fastidio o indignación que le provoquen las expresiones europeas que se inscriben en esa vieja óptica que nos subestima. La recuperación armada de las Malvinas sólo era un problema para abordar con ganancia por el gobierno militar argen­tino. Esto lo sabe todo el mundo; algunos comentaristas lo dejan entrever; los dirigentes políticos lo callan. El pueblo argentino, con­vidado de piedra en esta orgía de discursos, lo sabe desde el primer día. Fue un zarpazo aventurero para restañar el “frente interno”, peligrosamente resquebrajado por la situación económica y política asfixiante y los últimos acontecimientos de protesta. No importa. Si el motivo era condenable, callemos, pues ahora ha logrado dinámica propia y parece que la Unidad Nacional es un hecho. Por lo menos, en la “opinión pública”. Sobre esta miseria y la consiguiente espe­culación de sus resultados, están muriendo argentinos en el sur y habrá más hipoteca y hambre para todos, salvo para la casta militar y los de siempre. No importa, la guerra es heroica y el honor nacio­nal nos alimenta. El semanario confesional Esquiú acaba de titular evangélicamente su tapa: “Paz con Honor”. La Iglesia Católica ha emitido el mismo mensaje ambiguo e hipócrita, para componer con Dios y con César. ¿Honor para quiénes? Para los argentinos. ¿Y la iglesia católica británica por quién reza? Cristianos ecuménicos… La entraña del nacionalismo no se muestra en toda su desnudez sino en la guerra. Pero sólo parecen verla los que desean todavía razonar, los que no quieren dejarse aturdir por la gritería.

Nosotros decimos simplemente: paz. Ni una sola gota de sangre argentina por la recuperación bélica de esas islas legítimamente nuestras. Ni un solo peso arrebatado a los hospitales y escuelas ar­gentinos que vaya a solventar esta aventura guerrerista. Ni una sola moneda más para la guerra, las fuerzas de represión o la expansión castrense sobre la sociedad civil. Retiro de nuestras tropas y reanu­dación de las negociaciones.

 Una reflexión hacia el futuro

El lector habrá percibido seguramente en el curso de nuestro ra­zonamiento que ninguna de las tres falacias que analizamos tiene relación directa con el hecho de que el gobierno argentino es una dictadura militar. Está claro por lo tanto que fundamos nuestras opiniones en principios de filosofía social y política, no en apre­ciaciones tácticas o transitorias de los regímenes. Si esta aventura hubiera sido auspiciada por un gobierno constitucional, no cambia­ríamos un ápice de nuestro razonamiento. Y más, porque también los pueblos a veces se enceguecen: si se hubiera resuelto en un ple­biscito tampoco variaríamos nuestra posición. Invitaríamos a que todo argentino que razona se convierta en objetor de conciencia si es convocado a esta carnicería.

Pero aun señalando esta naturaleza de nuestro pensamiento, no pasamos por alto el carácter dictatorial del gobierno que nos ha llevado a esto. No lo hemos eludido, como se ha visto, en algunas reflexiones complementarias. Y, sin embargo, las fuerzas políticas argentinas que acompañan esta aventura también han capitulado en esto: llaman a solidarizarse con las fuerzas armadas y a unir volun­tades bajo su dirección. Las reservas que expresan con respecto a su usurpación de la soberanía nacional y los padecimientos que inflige su política económica, resultan cuestionamientos tan ambiguos y reverenciales como la “paz con honor” de los sectores confesionales. Son meras maniobras para componer los intereses del poder con los de la clientela electoral. Los que en estos años fueron objeta­dos por las fuerzas políticas como usurpadores de la soberanía, han sido ahora aceptados con beneplácito en su continuidad de tutores de la voluntad soberana para acometer esta gesta de reivindicación territorial. El pueblo puede esperar para recuperar su soberanía; la Nación no debe aguardar para rescatar sus territorios.

El hecho de que ni una sola fuerza política de las que vienen actuan­do en la sociedad argentina se haya manifestado más inclinada por la verdad que por la “política partidaria”, muestra un signo alar­mante, aunque no sorpresivo, de que la terrible derrota argentina de la década del 70 no ha dejado lecciones para ninguna de ellas. La crisis profunda de la sociedad civil argentina se está expresando, en todo caso, a través de este enanismo, de esta metodología de comité de la que no parece redimirse la vieja dirigencia. Y esto induce una reflexión hacia el futuro.3

Como todas las maniobras urdidas a espaldas de la historia real de los pueblos, esta del régimen militar argentino ha comenzado a ca­minar por su cuenta. Una cosa son los planes de la astucia política y otra diferente la dinámica propia que inevitablemente adquieren los procesos que desencadenan esas astucias. Lo que comenzó siendo a todas luces una estratagema para salvar al régimen militar de una situación que lo amenazaba gravemente, puede terminar convir­tiéndose en su sepultura. Las viejas direcciones políticas argentinas, que han perdido todo menos el olfato y la zorrería, han comenzado a percibirlo y empiezan a moverse en consecuencia. También deben estar moviéndose media docena, por lo menos, de grupúsculos cívi­co-militares que acarician la idea de levantarse con este botín políti­co en oferta que constituye nuestro país desquiciado. Esta guerra de las Malvinas es para unos y para otros una partida de ajedrez, que ha comenzado apenas. El sacrificio de los peones es, se sabe, mera alternativa del juego.

Es probable, en definitiva, que esta aventura concluya con un acor­tamiento brusco de los plazos militares para su Proceso, y los políti­cos pasen a una ofensiva con relación de fuerzas favorable y aupados sobre ellas; que se abra el camino para una reinstitucionalización, la trigésima. Y entonces preguntamos: ¿qué perspectiva se despliega para salir de esta profunda declinación a que ha sido llevada la so­ciedad argentina si los dirigentes que conducirán esta salida serán los viejos dirigentes, con los mismos viejos métodos comiteriles y la misma vieja verborrea de punteros? ¿Debemos confiar en que la sociedad argentina está forjando por debajo de ellos los nuevos hombres y por sobre todo los nuevos métodos? No hay, todavía, ningún signo para alentar esa confianza.

Sólo si crece la cantidad de argentinos dispuestos a pensar con in­dependencia y críticamente, a resistirse a toda mistificación, formen parte o no de una corriente política determinada, será factible im­pulsar esa confianza. Y aun si esa confianza encontrara dificultades para forjarse, esos argentinos que aún piensan deberán luchar para constituirse un mínimo espacio para respirar en esta sociedad, o serán condenados como ahora a la marginación y el silencio, a la indignación impotente.

Notas

1 Una tercera forma de colonialismo, es la que presenta en el caso panameño del famoso canal. Una combinación de usurpación terri­torial y de soberanía, con exacción de riqueza e intervención en la vida política. (Resulta por ello mismo el énfasis “anticolonialista” con que Panamá obsequia a la causa argentina de estos días; no lo ha dedicado a su propio problema, que es mucho más grave que el nuestro. Pero esto no debe extrañar: no se conoce una sola posición gubernamental, a favor o en contra de nosotros, que no esté guiada por intereses subalternos o especulaciones de táctica política, tanto interna como internacional.) Otra forma sui géneris de colonialis­mo puede encontrarse en las “reservaciones indias” dispuestas por Estados Unidos en su lucha por someter y exterminar a las comuni­dades indígenas. Formas semejantes se aplicaron en nuestro país en función de la misma lucha por consolidar el estado-nación.

2 Bastante unánime, por cierto. Hasta el ínclito Firmenich, retem­plado su fervor revolucionario a la vista de sangre argentina, ha expresado su apoyo a la aventura. Han reaparecido sus muchachos y los de la JP, con los mismos saltitos, los mismos estribillos, las mismas vinchas, calcadas consignas; nada ha cambiado ni nadie ha aprendido nada de esta catástrofe histórica de la década de los 70. Nadie quiere revisar errores ni sacar conclusiones ni corregir nada, y menos ahora en que el próximo festín electoral comienza a perfi­larse seductoramente. Por su parte, algunas de nuestras sectas ultra­rrevolucionarias, incapaces como siempre de razonar políticamente (o de razonar a secas), han ido a sumergirse, ante la perplejidad del asunto, en las bibliotecas doctrinarias. Es un vicio intelectual que no abandonan. No ha faltado la que, embriagada por la lectura, ha encontrado plausible establecer una analogía exacta entre nuestro caso y el de China invadida por los japoneses: ¡Eureka: allí los re­volucionarios apoyaron al dictador Chiang Kai Shek! Los citadores de textos coligieron: hay que dar el apoyo, pero crítico; se trata de una “guerra anticolonialista”; somos un “país oprimido”, Inglaterra es “colonialista” y Fortunato es Chiang; nos enrolaremos bajo su mando, a pesar de nuestras discrepancias. Pero el chiste no es éste; el verdadero chiste es que lo dicen con convencimiento.

3 La descomposición de los grupos dirigentes argentinos no con­cierne sólo a los equipos políticos, es obvio señalarlo. El grado de corrupción, mediocridad y zigzagueo de los sindicalistas, por ejem­plo, está al mismo nivel. Sus declaraciones patrioteras y obreris­tas al mismo tiempo, al estilo de Dios y César como hemos visto, son tan convencionales y burocráticas que no los convencen ni a ellos mismos. Apoyan con exaltación la guerra patriótica y gimen a la vez por la situación de sus “representados” (?). ¿A quiénes im­presionan con esta duplicidad estúpida? Si se apoya la guerra es porque se aceptan las consecuencias de la guerra, entre ellas, por supuesto, la economía de guerra. ¿Qué quieren? ¿Aumentos salaria­les, extensión de los servicios sociales, construcción de colonias de vacaciones en el teatro de operaciones, todo en medio de la guerra que no cesan de reclamar? Es una mezcla de irresponsabilidad y charlatanería. El ministro castrense del ramo, más coherente, los ha bajado a la realidad: “Este Ministerio llama la atención sobre actitudes que pueden minar el Frente Interno y que no contribuyen a los objetivos elevados a los que aspira la Nación”. Se trata de la Nación y del Frente Interno, señores; no del hambre y la vida de los trabajadores.

Analice esta declaración, critíquela, hágala circular, reprodúzcala por cualquier medio. En algún lugar de este país mañana tal vez nos encontremos.

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Este manifiesto escrito por Carlos Alberto Brocato forma parte de “Golpes 1982, 1976, 1980” de Alejandro Kaufman, editado por Hekht en 2017.  Una entrevista anterior al respecto ACÁ.

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