“Casi nadie escucha a quien va contra el sentido común, sea en democracia o dictadura”

Alejandro Kaufman es escritor, profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Quilmes. En esta entrevista habla sobre su libro Golpes. 1982, 1976, 1980, editado por Hekht, donde realiza un experimento performático a partir del manifiesto de Carlos Brocato que rechazaba la guerra de Malvinas y una entrevista a Massera durante la dictadura. Su “método”, señala, es no dar nada por sentado, desconfiar de lo prístino y suponer que la matriz binaria que frecuentemente se utiliza para pensar nuestra historia, oscurece la continuidad de las violencias que nos constituyen.

¿Por qué este 2 de abril te decidiste a publicar un texto que originalmente escribiste en 2007?

Fue como si en este 2 de abril hubiera coagulado una expectativa, una mirada que reponía la inquietud por la cual se constituyó el texto hace 10 años. Tiene que ver con la adversidad. Hace 10 años se trataba de una conmemoración, ahora es más que una conmemoración, es una mirada sobre las características de la dictadura que perviven en la actualidad. Cuando los aspectos del pasado se reponen en la vida social, este libro tiene una actualidad distinta de la que tenía 10 años atrás.

¿Cómo llegaron a tus manos el manifiesto de Brocato y la entrevista a Massera?

Brocato me entregó el manifiesto. Nos habíamos conocido en el 85, cuando la dictadura ya había terminado, él falleció algunos años más tarde. Hablábamos de cómo habíamos pasado la dictadura, él me dice: “yo hice esto”, y me da el folleto. Había varias intervenciones críticas, no muchas, sobre las Malvinas. Una era la de él, otra era la de León Rozitchner, el grupo de Beatriz Sarlo, alguna en México. Esta fue una de las menos conocidas porque Brocato no era parte de un grupo intelectual o académico que le diese continuidad a su intervención.
A pesar de tener sus lectores y seguidores, no ha sido demasiado recordado. Tiene una obra publicada pero todos sus libros están agotados, siempre quiero reeditarlos. El otro texto, la entrevista a Massera, es producto de archivo personal. Es un texto de la época, de la revista Redacción.

¿Por qué decís que Golpes es un experimento?

Lo que trato de hacer en Golpes es leer ciertos textos como a través, a contrapelo. Ver qué escena se constituye, cuál es la condición en la cual esos textos se produjeron, pero no siguiendo las pautas de alguna metodología lingüística o crítica literaria o política, sino en una clave performática.
Un texto constituye una performance, porque fue dicho y producido en cierto momento a raíz de ciertas interlocuciones, a raíz de ciertos desafíos. Eso se repone en la medida en que es invocado por algo que ocurre en la actualidad. Es una memoria lo que hace que este texto se refiera a algo que el texto no dice, pero que da cuenta del momento en el que fue producido.

En este libro se intenta hacer eso, introducir una memoria de la dictadura que es irrepresentable, inasible. ¿Cómo era estar en la dictadura en la Argentina? ¿Qué era el consentimiento, la divergencia, la resistencia? Se trata de categorías desvanecidas por diversos motivos: porque desaparecieron los protagonistas, porque los que fueron cómplices o consentidores no van a hablar, porque los que quedamos bajo el impacto de lo traumático también tenemos dificultades para hablar. En cierto modo este libro sería un testimonio propio de la experiencia de la dictadura, podríamos describirlo de esa manera.

¿Cómo es que un manifiesto anónimo y una entrevista a un dictador interpelan este presente?

Existe una diferencia muy notoria entre aquella dictadura y esta democracia: los modos en que la vida se encontraba permanentemente en riesgo. No obstante esto, en muchos aspectos existen continuidades. Muchos de los tópicos de la dictadura hoy son votados por la gente; mientras en la dictadura se consentía a lo Miki Vainilla, “yo no tengo nada que ver”, ahora la gente se manifiesta activamente sobre esos tópicos y los vota. En cierto modo es una ventaja y una desventaja, porque es preferible que no se los vote, que no existan mecanismos de legitimación colectiva. Por eso me interesa ver las continuidades y las discontinuidades, qué prosigue en una misma línea y qué ha cambiado. Este libro es un experimento en ese sentido.

Una diferencia decisiva entre esa época y la actual es la transparencia de la comunicación y las redes sociales. Hoy las formas resistenciales son muy minoritarias, en aquel momento también lo eran, pero las interlocuciones posibles eran aún menores que estas. Algo similar pasa con quien resiste sustrayéndose de las redes e impugna la idea de que todo puede estar ahí. Cuando todo está ahí se vuelve homogéneo de un modo u otro. La visibilización es la forma en la cual uno queda captado por el sistema.

Lo que sí ha cambiado es la transparencia y la pertenencia a un régimen de autoexplotación. Pero por otro lado, las lenguas públicas no han cambiado tanto, por eso me interesa esa pieza periodística donde se entrevista a Massera, y Massera habla igual que cualquier político de hoy en día, es “progresista”.
Me impresiona leer esto 10 años después y ver tantas similitudes con el discurso político. Hay ciertas formas de hablar que son eufemísticas, que son cínicas, que son falaces, que asumen ciertos valores mientras de hecho sostienen todo lo contrario, que tienen un carácter de opresoras, que son idénticas a aquellas.

¿Hay más continuidades que disrupciones…?

Dictadura y democracia son dos cosas distintas. Lo que hay que discutir es cuáles son las diferencias entre una y la otra, que no son las que se suelen decir. Por eso lo interesante es preguntarse ¿En qué consiste la dictadura? No dar nada por supuesto, ni aceptar el modo en que se la suele describir, porque es un modo extremadamente optimista. “¡Llegó la democracia!”, se dice, como si la noche hubiese pasado, “llegó el día, salió el sol”, como si fueran claros y absolutos los contrastes. Esto no es así y este montaje, Golpes, trata de mostrar eso, que cuando alguien contraría el sentido común, los supuestos compartidos, no es ni era escuchado por casi nadie.

Es interesante desmitificar la existencia de una línea clara que delimita dictadura y democracia. Es importante discutirlo porque nos permite entender de otra forma las cosas que suceden en la actualidad y desarmar ese discurso donde hay un orden democrático basado en el voto, donde quien gana puede tomar medidas profundamente antidemocráticas, pero que en tanto fuera votado serían legítimas.
Cuando se usa la palabra democracia se la usa como si fuera transparente. Cuando se habla de dictadura se habla como si fuese un manto negro sobre todo, como si se tratase de una superficie lisa. Las personas se levantaban todos los días, iban a trabajar, escribían novelas, daban clases (no en la facultad pero sí en grupos privados). No solamente sale el sol, sino que pasa el colectivo, está abierto el supermercado, se crían niños, se tiene un empleo. Esa matriz de la vida cotidiana es lo que hace posible que una dictadura para mucha gente sea un momento más.

En el libro hablás del “trastorno del principio de realidad” ¿a qué te referís con eso?

El trastorno del principio de realidad es una situación en la cual no se puede reconocer lo que está ocurriendo. Hoy en día se lo podría pensar en relación con la discusión sobre la necesidad de “tener paciencia para que la situación del país mejore”. Ahí hay un trastorno del principio de la realidad. Porque hay alguien que te estuvo mintiendo, que ostensiblemente te estuvo engañando y te está tratando cínicamente y vos decís que hay que esperar. Es como si hubiera un incendio y se dijese que hay que esperar. La negación de lo que está ocurriendo, ignorar lo que está ocurriendo, eso es el trastorno del principio de realidad que, a la vez, es constitutivo de la vida cotidiana.

¿Qué es lo que hoy se oculta y de qué formas?

Las redes parecen afirmar que hay una identidad, una cuenta, un usuario, pero en realidad lo que aparece ahí encubre una cantidad de acontecimientos que no están presentes y que indican lo contrario a lo que se afirma.
Este es nuestro problema, cómo leer un texto para reponer lo que no está dicho y que es posible reconstruir. De esa forma se pueden leer las redes como una forma de encubrimiento. Una cuenta en Facebook es una forma de encubrimiento, así funciona. Así tengas un actor político que haga denuncias y que tenga una buena causa, hay un encubrimiento. Hay una pregunta del pensamiento crítico moderno sobre esta situación: ¿Qué acontecimientos quedan sustraídos a la representación, a la locución o a la posibilidad de intervenir?. En las redes, la vida concreta de esa persona no está ahí. Es una proliferación de signos sobre la vida de la persona que encubre lo que la persona efectivamente deviene.

Lo que llamamos real no admite la distinción entre una instancia física y una virtual sino que configuran una misma existencia. La existencia es tanto virtual como física. La virtualidad es física, es un flujo eléctrico, un flujo óptico. Es parte de una misma instancia de constitución.

¿Ves resistencia y potencia en la desconexión a las redes?

Se puede prescindir de la virtualidad, exiliarse de la virtualidad, salirse. Hay gente que lo hace. No tener celular, computadora, no estar conectado. Una familia inglesa decidió vivir sin dinero y sin conexión, se pusieron a vivir de reciclados, se proveyeron de todo lo que hacía falta. Se fueron a una casa rodante con energía solar y se dedicaron a encontrar todo lo que necesitaban. Experimentaron la desconexión.
La desconexión es un tema contracultural ahora y puede producirse también estando conectado. Como por ejemplo, experimentando el hecho de borrar, de no dejar archivo como si se tratase de una conversación cara a cara. Si no está en la red, está desconectado. Pero la desconexión es cada vez más difícil porque la mayoría de los dispositivos están conectados a la red como norma. 

La conexión es un nuevo régimen. Genera nuevas reglas. En el régimen anterior estaba la idea de vivir fuera del Estado, de vivir en la naturaleza como Thoreau. Había una cantidad de formas libertarias de no estar en el Estado, el equivalente a lo estatal ahora son las redes, la virtualidad.
La discusión sobre lo libertario y la política de la libertad hoy en día se da discutiendo las redes. Si no se discute una existencia fuera, contra o entre las redes, no hay ningún tipo de discusión sobre la libertad ni la resistencia.

En Golpes también hay una reflexión sobre la violencia, que quizá sea más una pregunta muy inquietante que una afirmación…

Si te asfixian reaccionás violentamente con una serie de movimientos irracionales que pueden ser agresivos para alguien porque son descontrolados. La cuestión nunca es la violencia o la no violencia sino muchas otras variables que atraviesan cada contexto: qué propósitos, con qué estrategias, con que estética se regula la violencia.
La violencia puede ser lo erótico o lo alimentario. El hecho de alimentarse, de morder, de triturar la comida. En la danza, en el deporte o en la guerra. La violencia está en el lenguaje, en la articulación del lenguaje. La prensa, la impresión misma es una forma de violencia. Por eso se usaba para torturar. Y eso habrá cambiado porque ahora imprimir no es la violencia que se aplica sobre un plano sino que es el control de un flujo bidimensional o tridimensional donde vos construís algo a través del control de ese flujo de información aplicado sobre materiales.

Un flujo también es violento pero es otro tipo de violencia. La violencia siempre es potencialmente destructiva. Todos los seres humanos somos capaces de matar. Cuando el poder se manifiesta como no violento lo que hace es imponer su violencia silenciosa a los que están abajo, para que ellos no ejerzan la violencia, para que se contengan. Los discursos de Macri son violentos. Son como los de Massera, hablan de amor y de paz y un montón de cosas con las que no podés estar en desacuerdo, pero que, sin embargo, no tienen nada que ver con lo que está ocurriendo, con las violencias que efectivamente se están ejerciendo.

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Golpes. 1982, 1976, 1980 – hekht libros – Pronto en librerias

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