Crónica: La Noche de las librerías

por El Corcel

¿Qué es la Noche de las Librerías? Una buena idea que tuvo aquel llamado Frente Grande del Chacho, Ibarra y Telerman mientras gobernaron Buenos Aires. Y una idea de ejecución sencilla, montada sobre una realidad tan expresiva como es la cantidad de librerías que hay en calle Corrientes desde siempre.  La red de libreros pedía, más que defensa, promoción, y desde entonces -marzo de 2007- tienen cada año este evento para más de cien mil personas. La gestión del Pro heredó la Noche y la hizo crecer, ampliando sobre todo la oferta de actividades culturales en los bares de la avenida -el bar La Paz, que había sido el sitio inaugural del evento en 2007, sigue siendo el epicentro para esas charlas y lecturas de escritores, poetas, cineastas, gente de teatro y dibujantes, aunque en las últimas ediciones, conforme el ideal cultural del macrismo, se suman cada vez más deportólogos, filósofos new age, astrólogos-. Otro dispositivo que se añadió bajo el mandato espectral de Rodríguez Larreta fue un escenario con bandas, que ayer tuvo a la Sole como invitada para el cierre. Son gestos que fracasan en su valor compensatorio, teniendo en cuenta que la situación cotidiana en las librerías de todo el país se ha puesto muy ríspida. Pero el evento, volviendo a él, es productivo por donde se lo mire: implica muy poca inversión, tiene prensa en sí mismo (en su doble condición de realidad y mito: la calle con más librerías del mundo) y, bien ejecutado, lleva a este desenlace más o menos feliz -hablo de felicidad como un remedo- donde las librerías de Corrientes tienen su día de éxito asegurado, su gran jornada en que las ventas sobrepasan entre 5 y 30 veces lo que una noche normal del resto del año.

La Noche 2017 tuvo como protagonistas a las 31 librerías que existen hoy sobre Corrientes entre 9 de Julio y Uriburu (once cuadras). Podrían haber sido 33 si sobrevivieran dos locales tradicionales que quebraron en los últimos tiempos: la vieja librería Del Libertador (Corrientes y Uruguay) y la de Liberarte. 31 son los locales a la calle -hay otros en las galerías y paseos, y algunos de ellos estaban cerrados ayer- y están también los ex puestos de diarios reconvertidos en kioskos de libros, todos abiertos para esta ocasión. Si además de librerías y puestos tenemos en cuenta que se sumaron unas cincuenta mesas de libros en plena calle -montadas por editores, autores, revendedores y también por un puñado de librerías de otros barrios que hicieron el trámite correspondiente ante la oficina de Cultura-, el resultado da un centenar de puntos de venta de libros que trabajaron activamente durante todo el evento desde las seis de la tarde hasta la una de la mañana.

Los que mejor suerte tuvieron fueron las librerías de usados: en ellas la gente se agolpó con entusiasmo detrás de ofertas a 50 u 80 pesos. Un éxito similar tuvieron las de saldos. En un solo día, los locales de saldo o de usados más afortunados vendieron quinientos libros. Distinta -un triunfo también, pero no tan exorbitante- fue la perfomance de las librerías de nuevos. La gente, que en Buenos Aires es toda sofisticada, tiene una gran competencia cultural y huele los lugares donde los libros cuestan 300 pesos. Como sea, había muchísima gente recorriendo las mesas de Hernández o Losada, mucha en Zivals, y algo menos en Galerna o De la Mancha. El único punto de venta donde el público no parece haber acompañado con fervor fue la zona que el Gobierno les dio a las librerías de otros barrios: eran puestos parecidos a los típicos carritos de panchos sólo que pintados de azul (el azul de la nueva policía) y desplazados muy en un rincón contra la calle Junín. Los libreros en cuestión hicieron trámites en Cultura para estar ahí, en algún caso opacando la mirada kirchnerista que dicen poseer, y a cambio recibieron migajas; los editores y autores independientes, siempre más despabilados, se autoconvocaron sin trámite y ocuparon posiciones visibles.

En cuanto a los precios, hay que decir que eran los mismos de siempre (para los libros nuevos es así por ley, y con razón de ser). Entre salderos hubo ofertas donde hay ofertas, y excesos donde siempre los hay. En algún caso, hubo una editorial medio fantasmagórica que publica ediciones de clásicos de bolsillo: ellos montaron no menos de tres mesas en las calles y vendían más caro que de costumbre sus ediciones simples de Kafka o Alicia en el País de las Maravillas. En cuanto al material, en general también era el que se encuentra todos los días en Corrientes. Aunque hubo alguna librería como Aquilea, de Hernán Lucas, que actuó en acuerdo con una editorial, Bajo la Luna, y montó una mesa con libros de Katherine Mansfield o José Kozer a 80 pesos. Esa fue la única “ganga” no de todos los días que vi.

De la larga oferta de eventos culturales, este cronista eligió dos. Fui a escuchar a un poeta, Manuel Alemián, y a una narradora, Selva Almada. Fui a lo seguro, es cierto. Alemián, que es especialmente tímido y más bien fóbico, leyó casi sin aliento un poema largo espectacular. Selva Almada, muy dueña de su situación, leyó un cuento que era un diálogo. Es muy difícil leer en voz alta un diálogo, y a veces los escritores lo que hacen es fingir dos tonos de voz o dos modulaciones distintas, para “ayudar” al que escucha. Selva no hizo nada de eso; simplemente leyó sin subestimaciones, y estuvo clara y brillante. Yo la escuchaba desde una mesa con sus familiares -me colé en esa mesa y me cayeron muy bien su pareja y sus primos chaqueños-. Era en el bar “La Paz arriba”. Me enamoré de la mesera. Ella se dio cuenta. Si alguien la conoce, por favor pregúntele si tengo chances.

A minutos para la una, salí del bar y el escenario metálico para los conciertos ya estaba desmontado. Matías Reck y Paula Peyseré, los editores de Milena Caserola, plegaban también su mesita: las ventas habían sido rotundas. Los despedí y busqué entonces al último editor. Caminé unos metros y lo encontré descolgando de la parte de atrás de un puesto de diarios sus más recientes pinturas. El Cucu. Cuando fuimos a comer una pizza sólo las librerías -ya no los puestos ni las mesas- seguían abiertas y con algún público.

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