Doscientos metros no es nada

Doscientos metros no es nada. ¿Qué cambia en doscientos metros? Nada, una parada de colectivo. Toda una noche cualquiera, un jueves por ejemplo, puede caber en doscientos metros, del cine Lorca a Güerrín. Toda la historia de los gobiernos de un país, Argentina por ejemplo, puede leerse del Cabildo a la Casa Rosada. Doscientos metros no es nada, es verdad. En doscientos metros caben los sótanos y los penthouses, lo alto y lo bajo, las olas del mar y los casinos. ¿Cosas buenas que dejamos de hacer por doscientos metros? Cambiar de panadería, a lo sumo. Doscientos metros es todo para un nadador, y para un remador es nada. Es todo para el que corre un colectivo pensando que es el último. Es nada para el que sabe que atrás viene otro.
Desde el 10 de enero, La Libre se muda doscientos metros. Para hacer la mudanza sencilla, elegimos la misma calle, Bolívar, y nos pasamos casi a la esquina con Belgrano. Bolívar 438.
El local es el doble de grande, por suerte. Viene a cuento y viene bien, porque también son el doble las editoriales que nos gustan hoy y las que nos gustaban cuando abrimos, hace siete años. Las editoriales que reman -¿qué son doscientos metros para un remador?- y hacen lo que más les gusta. ¿Alguien tiene una lista de todas esas editoriales? Deben ser como doscientas.
Cuando abrimos, no existía ninguna librería en Buenos Aires que tuviera esta descarada prioridad para las editoriales medianas y chicas. Siempre fue eso, darle un protagonismo frontal, y nunca jamás una exclusividad, a los proyectos de edición genuinos, apasionados, talentosos, arriesgados, cuidados. A esos proyectos los bancamos por entero, siempre. Con las editoriales más grandes, más confusas, de esas que mezclan el aleph con el calefón, la filosofía y el bótox, la rayuela y el globo amarillo, con ellas somos y seremos histéricos, minuciosos, selectivos. Buenos Aires es una ciudad tan culta -esto es lo que siempre dice uno de nuestros libreros- que sus habitantes lectores saben, hasta el menos preparado, sólo con asomarse a la vidriera de un local, qué tipos de libros se ofrecen, cuáles otros se declinan. Un librero siempre elige y toma partido, miente el que dice que no. Dime cómo llenas tus estantes y…. hay distancias que son mucho más que doscientos metros.
El local es el doble de grande, una locura. Una locura porque vivimos de esto, de vender ediciones, sin apoyos ni subsidios, enamorados de una cosa física como es el libro que, dicen, en cuestión de décadas va a morir (como nosotros). Sin embargo, hoy que es tan fácil googlear y llegar a un libro, también es fácil equivocarse googleando. Y aunque esto suene cursi, las librerías se volvieron un lugar más confiable, donde realmente llegás a lo que escribió el autor. Lo otro, el querido mundo virtual, siempre te puede jugar una mala pasada; puede hacer que te pase, por ejemplo, lo que a esos empleados de la Cultura cuando navegan y después empapelan la ciudad con una frase de Borges trucha. Las librerías, en este siglo XXI, y aunque esto suene paradójico, se convirtieron en el lugar donde los libros NO están editados. Dime dónde lees y te diré…No todo es lo mismo.
Después de Reyes entonces, desde el 10 de enero, vamos a estar haciendo lo que nos encanta a dos semáforos de distancia, a dos kioscos, a una panadería. Doscientos metros: Bolívar 438, casi Belgrano. Y los vamos a estar esperando con el doble de libros, siempre con ganas de mostrarles el libro que buscaban y alguno más, que les podría gustar.

Cristian de Nápoli 

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Foto: Néstor Saracho

 

 

 

 

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