Cambio de estación

(Jada Sirkin “Todos queremos”, 2016, Peces de Ciudad).

1

El teléfono sonó en medio de la noche.

 —¿Sí? —dijo Nora, y su voz hizo que Ricardo abriera los ojos.

—¿Quién es? —dijo él, como aterrado.

Terminaba septiembre, mes en que Ricardo pedía que la ventana se cerrara para dormir. El doctor había dicho que tenía alergia al plátano pero Nora le decía que él era alérgico a la vida. Cuando él ganaba la negociación y se dormía con la ventana cerrada, ella se levantaba en mitad de la noche y la volvía a abrir.

—¿La casa de la familia Fuxman? —preguntó una voz grave en el teléfono—. ¿Hablo con la madre de Julieta Fuxman?

Nora no respondió. Pensó lo peor. Ricardo entendió que algo pasaba y se refregó los ojos. Llamaban de Bariloche, del hospital. Nora no entendía para qué y Ricardo se acercó y pegó la oreja al tubo.

—Su hija está bien —dijo el doctor. Explicó que estaba internada y volvió a decir que estaba bien, que había sido un milagro, que estaba bien—. Deberían venir ya mismo.

 —¿Me puede decir qué pasó? —dijo Nora, y vio que Ricardo se alejaba con los ojos rojos.

El doctor intentó no explicar. Hizo todo lo posible por sólo 60 decir:

—Vengan, tienen que venir.

Nora se puso de pie y el cable del teléfono se tensó. Cuando se quiso acercar a la ventana, el cable se desconectó de la pared. Insultó y corrió hasta la cómoda, adonde estaba el inalámbrico. Volvió a la ventana y mientras encendía el teléfono el viento le golpeó el cuello. Era extraño prestarle atención al viento mientras luchaba por encender el aparato al mismo tiempo que veía a su marido hundido en ese colchón viejo, y la cuadra con faroles amarillos, las vías del tren y en el fondo el olor del río.

Tuvo que gruñir para que Ricardo reaccionara; lo vio levantarse de la cama como si su cuerpo pesara toneladas. Él se acercó con los ojos hinchados como un viejo y le sacó el teléfono de las manos. Mientras Ricardo estudiaba el aparato, Nora se apretó la nuca y miró hacia afuera. En la garita de la esquina el guardia dormía como todas las noches. Al final, en este barrio tan seguro nadie los cuidaba.

Ricardo logró encender el teléfono y el doctor seguía ahí. Escucharon la historia de pie junto a la ventana. El doctor decía que Julieta estaba bien pero Nora no le creía. Ricardo parecía que sí, prefería creer que estaba bien; igual sus ojos se hinchaban. Después de dar vueltas, el doctor dijo que Julieta había tenido una experiencia sexual muy fuerte y que se había desangrado, que había tenido una especie de desgarro. A Ricardo se le aflojaron las rodillas y tuvo que sentarse.

Unos días atrás Julieta había salido de viaje y la llevaron a la terminal. Cuando volvían en el auto, Ricardo le preguntó a Nora si había tenido esa conversación pendiente con su hija; ella dijo que no había podido.

Nora le gritó al doctor que con quién había estado su nena. Ricardo dijo que eso no importaba pero Nora repitió la  pregunta. El doctor no dio nombres. Volvió a decir que su hija había hecho el amor violentamente y que no había terminado bien, pero que ahora se mantenía estable. Nora lanzó el inalámbrico al colchón. El aparato rebotó y cayó del otro lado de la cama.

Ricardo averiguó y el siguiente vuelo a Bariloche salía recién a las ocho de la mañana. Nora se encerró en el baño y vomitó. Ricardo golpeó la puerta y le dijo que iba a preparar una valija para los dos. Ella, agarrada al inodoro, respondió que llevaría su propia valija.

—Preparáte y salimos —respondió él, pero se dieron cuenta de que eran las tres de la mañana y que no tenía sentido ir al aeropuerto con tanta anticipación.

—¿Qué hacemos? —dijo Nora abriendo la puerta, despegándose el pelo de la frente, sosteniéndose de la pileta. Él se acercó para abrazarla pero ella le dijo que estaba vomitada. Él dijo que se iba a acostar; se sentó en la cama y se puso de pie, sus ojos iban a estallar. Le gritó a Nora si necesitaba algo, ella no escuchó. Él volvió a gritar y después cerró la ventana sin preguntarse por qué había quedado abierta.

Nora se lavó la cara. Mirándose en el espejo, se estiró las arrugas de los rabillos del ojo. Abrió el botiquín y sacó unos potes de crema. Leyó cada etiqueta en voz baja, moviendo los labios. Eligió una y se untó. Después de diez minutos, salió del baño y se sentó en la cama junto a su esposo.

—No podemos seguir durmiendo en este colchón —dijo él—. ¿Habrá sido Ramiro?

— Eso ahora no importa, Ricardo —dijo ella, y tuvo la impresión de que él quería preguntarle algo. Algo más. Desvió la mirada y se apoyó contra la pared, con las rodillas flexionadas y los pies tensos. El camisón negro de seda resbaló y sus piernas quedaron descubiertas. Él cerró los ojos y ella se  miró las piernas—. Hace unos días tuve una especie de sueño —dijo—, cuando era chica tomé la decisión de tener piernas lindas.

Él entreabrió los ojos y acercó una mano para tocarla; mientras le decía que adoraba sus piernas, se quedó dormido. Ella lo miró durante un rato. Después se acostó. Tres horas más tarde fumaba junto a la ventana abierta y a través del humo de su cigarrillo veía la garita adonde el guardia seguía durmiendo. Ya era de día, ella no había dormido y el guardia sí. ¿Quién los cuidaba al final? ¿Quién cuidaba su vida?

Sobre la cómoda había una foto de Julieta. Siempre le había gustado cómo su hija tenía el pelo en esa foto; ahora parecía que la imagen la succionaba. Apagó el cigarrillo. Una foto es como un pozo, pensó. El taxi vendría en media hora, le sacudió un pie a Ricardo y se fue al baño. Cerró la puerta y se miró en el espejo. Mientras se delineaba los ojos, él entró a hacer pis.

—Cerrá la puerta —dijo ella.

El taxi estacionó junto a la reja y Nora lo vio desde la ventana. Mientras atravesaban el jardín, ella dijo que él tenía la cara hinchada y él respondió que era ridículo llevar dos valijas.

2

Nora se encegueció con el reflejo del sol en el río y atravesó la puerta del aeropuerto refregándose los ojos. Cuando compraban los pasajes raspó el mostrador con sus uñas y la chica de la aerolínea la miró como si estuviera loca.

 —Volar me pone nerviosa —dijo Nora, haciendo un gesto para que la chica imprimiera los boletos.

—Si querés voy solo —dijo Ricardo. Nora le dijo que no dijera pavadas y tragó saliva cuando pensó que Ramiro había estado con su hija.

En la cola para el check in, vio su foto en el documento y casi se resiste a entregarlo al hombre de bigotes que desplegaba una mano gigante. No podía deshacerse de la imagen de Ramiro y Julieta, agitándose como bestias en la habitación de un hotelucho que daba a un lago congelado. El ruido del aeropuerto era insoportable, era odioso ver en las pantallas tantos destinos posibles.

—Con esos tacos parecés una azafata —le dijo Ricardo, sacando un pañuelo húmedo del bolsillo de su pantalón de vestir, el mismo pantalón de siempre.

Nora no quería que él pensara que usaba tacos para lucir sus piernas, no era momento de mostrar las piernas. Al despachar las valijas y verlas alejarse por la cinta, pensó que tendrían que haberlas envuelto en el nylon protector. Ricardo estornudó, su cara estaba cada vez más colorada.

Camino a la puerta de embarque, ella se detuvo frente a la capilla, una sala con paredes blancas y ventanales por donde se veía la costanera, autos pasando a gran velocidad y el sol quemando el río. Ricardo quiso seguir pero ella le hizo un gesto. Él se detuvo y dijo que no con la cabeza.

—No es de ninguna religión, Ricardo —dijo ella—, es de todas las religiones.

Él volvió a negar mirando el piso. Ella se pasó la lengua por los labios y siguieron caminando. Al entrar a la sala de pre-embarque les revisaron los bolsos de mano. Nora tenía la cartera llena de cremas y la mujer, que era gigante, le dijo que no se podían llevar tantas cremas en la cabina, que las iba a tener que dejar. Nora intentó pedirle ayuda a Ricardo para discutir pero él se había alejado a toser. Se acumulaba gente en la fila; finalmente convencieron a la mujer para que la dejara conservar al menos una crema, no podía quedarse sin ninguna  crema. La mujer guardó la crema más pequeña en la cartera. Nora le dijo gracias pero en verdad le quería decir otra cosa. Pasar el detector de metales implicó estirar los brazos y que la pollera se levantase sobre sus rodillas. ¿Qué haría cuando sus piernas ya no fueran así? ¿Quién protegía la belleza de sus piernas?

Acomodando la cartera que la mujer gigante había dejado hecha un lío, Nora se sentó en la sala de pre-embarque pensando que odiaba las reglas de los aeropuertos. Al ver a Ricardo en el freeshop eligiendo chocolates, pensó en Ramiro. Intentó recordar si Ramiro y Julieta habían sido compañeros de la primaria o sólo del secundario. Qué horrible tanta luz, a veces los días lindos pueden ser horribles. Mientras Ricardo entregaba billetes a una chica joven y preciosa, Nora recordó la primera vez que había besado a Ramiro, aquel febrero en que los chicos se llevaron matemáticas a examen y Ricardo los ayudó a estudiar. Nora se había dado cuenta de que a Julieta no le gustaba él, de que sólo quería ser su amiga. Los observó en la pileta toda una tarde; cuando él entró a la casa para volver a estudiar Nora lo esperaba con una toalla y la puerta del garage abierta.

Con tantas caras en el aeropuerto, la cara perfecta de Ramiro era difícil de ver. Sólo podía recordar con precisión la blandura de sus labios. Mientras Ricardo volvía con un chocolate enorme colgando de sus dedos, Nora alcanzó a preguntarse si había estado mal, si había hecho mal.

 —¿Para qué comprás chocolate si vamos a Bariloche?

 Ricardo se quedó congelado, agitó el chocolate en el aire y se sentó sin saber qué responder. Nora apoyó la cabeza en su hombro y le preguntó si ese pantalón era el mismo de cuando estaban en la facultad. Ricardo se rió y la risa se convirtió en tos, de pronto su cara se hinchó y el chocolate cayó al suelo. Nora lo levantó y se acomodó la pollera.

—¿Estás bien? —le dijo—, me duelen los tacos.

Ricardo tenía los ojos llenos de agua. Nora lo miró fijo y le dio un abrazo. Él no pudo levantar los brazos para abrazarla y ella le hizo caricias en la espalda con mucha presión. Después le rascó como a él le gustaba.

—Bueno —dijo, queriendo calmarlo, y él tuvo una convulsión como si fuera a llorar, pero no lloró. Con el mentón enterrado en el hombro de él, Nora observó el aeropuerto—. Recién me acordaba la primera clase que tomé con vos, me acordaba cómo me deslumbraste hablando de números, aquellos tiempos, tener la vida por delante.

Abrieron el chocolate, tenían una hora de espera. Ricardo nombró a Julieta y Nora le dijo que prefería no hablar, que la dejara disfrutar su golosina. Despegando con la lengua el chocolate de su paladar, pensó que debería comer menos dulce. Él masticó con su mirada perdida, media hora más tarde dormía y moqueaba. Dos filas de asientos adelante, Nora vio una pareja de ancianos, sentados de espaldas. La señora, a la izquierda, tenía un saco fucsia brillante con hombreras enormes. Su pelo era una bola blanca, más bien blanquecina. El señor tenía una campera marrón de abuelo, muy triste, era jorobado.

Nora no pudo sacarles la mirada de encima, parecían estatuas. La señora acariciaba al señor detrás de la oreja. El señor tenía orejas inmensas. Nora pensó que los viejos de antes tenían orejas más grandes; lo miró a Ricardo, sus orejas. Ricardo se sobresaltó, abrió los ojos y preguntó dónde estaban los pasajes. Por un momento pensaron que los habían perdido. Después él se volvió a dormir y ella volvió a los viejos. Ahora la señora miraba para otro lado y el hombre se rascaba justo en donde ella lo había acariciado. Nora pensó qué extraño. Después pensó en Julieta, hermosa, tan joven, tan frágil, con una belleza tan delicada.

¿Quién cuidaba de la belleza de su hija? Abrió la cartera, el pomo de crema seguía ahí. Lo envolvió con la mano y cerró los ojos. Cuando los abrió su mirada se clavó en la nuca del viejo, el poco pelo gris que tenía se cortaba en seco justo encima, era horrible tanta precisión en el corte, su nuca descubierta. Qué horrible, pensó Nora, su mirada se hundía en esa nuca que era como un pozo. Tal vez el viejo no tenía cervicales.

Nora se tocó el pelo, tenía que hacerse un nuevo corte, algo nuevo, una tintura nueva. Ricardo le había dicho que se dejara las canas. Deslizó la mano por su cabeza presionando los huesos del cráneo, su nuca estaba fría, el aire acondicionado debía estar en máximo. Se soltó el pelo y dejó que le cubriera el cuello, así estaba mejor. Los ancianos se dieron un beso y ella sintió asco.

 —¿Y si Julieta se nos muere? —le preguntó Ricardo en susurro, escondiendo su boca detrás de los pasajes, cuando las azafatas les daban la bienvenida y ellos entraban al avión.

El avión iba casi vacío, como si supieran que se iba a caer, como si supieran que habían puesto una bomba. Nora cerró la ventana, y cuando se ajustaba el cinturón de seguridad a él le empezó a caer agua de la nariz. Su pañuelo ya no servía. Llamaron a la azafata pero estaba ocupada cerrando los compartimentos de equipaje. Ricardo tuvo que sostener el agua de su nariz con el dorso de las manos. Por alguna razón, al verlo en ese estado, Nora pensó que nunca habían hablado de la fidelidad.

Una azafata se acercó y les preguntó si para ellos estaba bien sentarse junto a la salida de emergencia. Sólo entonces Nora notó la puerta de emergencia a su lado y la azafata explicó que si hubiera un problema ellos tendrían que abrirla. Nora dijo que no, que no quería. La azafata contestó que podían cambiarse de asiento y Ricardo interrumpió diciendo que no había drama, que ellos podrían ocuparse. Nora lo miró. Ricardo, lleno de mocos, miraba a la azafata con ojos de héroe.

—Nunca te vi así —dijo Nora cuando el avión despegó, sacando de su cartera un pañuelo de la India que usaba en el cuello.

—¿Así cómo? —dijo él, sacándole el pañuelo de la mano y secándose la nariz—. ¿Alérgico y con cara de que violaron a mi hija? —Nora resopló y miró para otro lado—. ¿No hablaste con nadie, no? —preguntó él, ella negó—. No vayas a contarle a tu viejo.

Nora hundió su cabeza en el asiento. Había conversado por teléfono con su padre el día anterior. El padre la había invitado a navegar, aclarando que la invitaba a ella sola. Después había dicho que no estaba de acuerdo con que Julieta fuera a ese viaje; por último preguntó cuándo iban a saldar la deuda. Nora aceptó la invitación a navegar, agregando que sería lindo que Ricardo pudiera ir; dijo que ellos sabían cómo educar a su hija y la pregunta del dinero no la respondió.

—No sabía que Juli era virgen —susurró Ricardo al terminar su vaso de agua. Sobre el asiento de adelante se encendió una pantalla con un mapa y el dibujo de un avión azul que trazaba un recorrido amarillo. 1300 kilómetros a destino, decía. Julieta había perdido su virginidad. Tal vez su padre tenía razón, no deberían haberla dejado viajar, nunca había ido sola tan lejos.

Ricardo se durmió y Nora pidió un trago. Le sirvieron el whisky pero la tarjeta de crédito no funcionó. Intentó despertar a Ricardo pero dormía como un tronco, la baba caía en su hombro. Nora pidió a la azafata que probara otra vez pero la tarjeta no tenía fondos. Entonces le devolvió el vaso de whisky, sin mirarla, y sacó un lápiz labial de su cartera. Ricardo parecía un nene, un viejo, debería hablar con él, contarle lo de Ramiro.

Media hora antes de llegar a Bariloche, el capitán anunció por el altoparlante que iban a atravesar turbulencias, que se asegurasen de tener los cinturones ajustados. Entonces el avión tembló y Nora se agarró de los apoyabrazos. Ricardo no despertaba, su mejilla rebotaba contra su hombro, que era un lago de mocos.

Nora se asomó buscando una azafata para saber si todo iba bien; habían desaparecido, odiaba volar. Miró hacia atrás y vio a otros que también se agarraban de los asientos, parecían muñecos. Entonces se abrió un compartimento y una valija cayó al lado de Ricardo. Nora se sobresaltó y él se despertó de un susto. Una azafata llegó corriendo, levantó la valija y desapareció en el fondo.

El avión dejó de sacudirse y Nora se levantó. Cuando pasaba por encima de Ricardo, volvió la turbulencia. Él abrió los ojos y la vio encima suyo, agarrándose de la cabecera de su asiento, las piernas abiertas, los pelos colgando. En el baño, Nora se miró en el espejo. Abrió su cartera y vio el paquete de cigarrillos. En una época se podía fumar en el avión, había una época en que todo se podía.

 —¿No se puede fumar, no? —preguntó a una azafata—. ¿En el bañito tampoco?

La azafata sonrió y puso ojos de comprensión. Era odioso, las entrenaban para poner esos ojos de madre comprensiva. Le dijo a Nora que no se preocupara, que en 20 minutos aterrizarían. Nora se encerró en el baño, se volvió a mirar en el espejo y se colgó un cigarrillo de los labios. Pensó que si su mamá viviera le pediría un abrazo, sólo necesitaba un abrazo. Entonces se metió la mano en la pollera y se tocó debajo de la bombacha. Frunció el ceño, estaba seco. Sacó su mano y la miró, estaba limpia.

Volvió agarrándose de los asientos con el cigarrillo colgando de la boca. Se subió la pollera para que fuera más fácil estirar las piernas y pasar por encima de Ricardo. Se sentó y se tocó las rodillas. Abrió la ventanita, vio las montañas y se acarició los muslos. Por el altoparlante anunciaron que estaban por aterrizar en San Carlos de Bariloche y que el cielo sobre la ciudad estaba despejado. Nora se sacó el cigarrillo de la boca y lo tiró al suelo. Ricardo abrió los ojos y ella le agarró la mano y la apoyó sobre su pierna.

—Recién pensé en mamá —dijo y él sonrió. Alguien del otro lado de la cabina abrió una ventana y el sol entró; cuando el avión se inclinaba para aterrizar Nora se inclinó hacia Ricardo—. Hace once meses que no me viene la menstruación, parece que ya está.

3

Las puertas del Hospital Zonal Bariloche se abrieron y unos doctores salieron al trote empujando una camilla; antes de entrar, Nora respiró una bocanada de aire frío.

La secretaria de la mesa de informes estaba de espaldas, limándose las uñas. Qué absurdo que la persona de la mesa de informes estuviera de espaldas. Nora y Ricardo se apoyaron en el mostrador y ella dio unos golpecitos con las uñas, sus uñas fuertes. Ricardo dijo por lo bajo que era ridículo haber traído dos valijas. Nora escuchó que la recepcionista le decía a otra mujer, también de espaldas, que ella no tenía una casa en el bosque por los incendios, que un incendio te podía quemar la casa de la noche a la mañana.

Nora volvió a golpear las uñas, no entendía por qué Ricardo no llamaba a la señorita, qué absurdo tener que esperar para que les dijeran en qué habitación se estaba desangrando su hija. Qué ridículo que la calefacción estuviera tan fuerte y que todos anduvieran en mangas cortas.

Julieta dormía así que se quedaron parados al lado. Ricardo pasó su mano sobre los hombros de Nora, ella dejó sus manos apoyadas sobre las barras de metal de la cama. Julieta parecía intacta, como si nada se hubiese roto, como si sólo estuviese durmiendo. El doctor había vuelto a decir que la chiquita se mantenía estable y Nora no podía soportar que dijera eso; el doctor le parecía un charlatán y como no dejaba de hablar ella tuvo que salir al pasillo. De pronto estaba sola. El ventanal tan grande le hacía imaginar que el lago y el bosque estaban dentro del hospital. El día estaba demasiado soleado, pensar que hacía unas horas dormían en su casa de Vicente López.

La puerta de la habitación se abrió y el doctor salió. Nora no respondió el saludo y el hombre se alejó caminando como un gorila, enorme, en absoluto elegante para ser un médico. Nora buscó los cigarrillos en su cartera. La puerta se volvió a abrir y Ricardo salió con la cara roja, muy roja. Parecía que iba a explotar, tenía los ojos hinchados y sostenía un pañuelo de papel en la nariz. Era horrible porque los mocos no dejaban ver si estaba llorando o no.

 —¿A dónde están sus amigos? —preguntó, acercándose a la ventana y mirando la ciudad.

—¿Hace cuánto no venimos a Bariloche? —dijo Nora, mirando los techos de las casas. El doctor había tenido que explicar cómo había sido el desgarro y ella no podía sacarse la imagen de la cabeza, las piernas de su hija, la vagina, la sangre—. Qué feo tener una casa en el bosque y que se prenda fuego.

En el fondo del pasillo, una puerta doble se abrió y apareció Ramiro. Nora giró atándose el pelo. No podía pero tenía que llorar, no quería parecer insensible. Entonces el chico levantó lentamente la mano y Nora levantó su mano en respuesta. Ramiro se acercó y las pisadas de sus botas de montaña retumbaron, tenía la piel tostada por la nieve y parecía un guardaparques.

—¿Habrá sido él? —preguntó Ricardo.

—No —susurró ella—, son amigos nomás.

—¿Y qué tiene, Nora? ¿No sabés que los amigos cogen? Ricardo frunció el ceño como si sospechara y Nora pensó que era tiempo de contarlo todo, tal vez no había hecho nada malo. Ramiro se les paró en frente, tenía los ojos hinchados como si hubiese llorado toda la noche.

—Lo siento —dijo, y se tiró encima de Ricardo. Nora se cubrió la cara con las manos y espió entre los dedos. Ramiro lloró en el hombro de Ricardo y después levantó los ojos; su mirada había quedado detrás de las lágrimas y parecía que la miraba como si nunca hubiese pasado nada, como si ahora fuese sólo el amigo de su hija.

Más tarde Ricardo tuvo un pico de alergia. Lo internaron, le dieron corticoides y Nora le dio un abrazo tan fuerte que él tuvo que pedirle que fuera más suave.

—Estoy asustada —dijo ella—, creo que está por pasarme algo.

Ricardo necesitaba descansar así que Nora salió al pasillo y se encontró con Ramiro, parado junto al ventanal, con un vaso de telgopor con café. Nora recordó la última vez que habían estado desnudos, había pasado un siglo. Recordó la locura de sus pensamientos cuando Ramiro la encerraba entre sus piernas con tanta fuerza que a ella le parecía que su cabeza iba a estallar.

—No voy a hacer ninguna pregunta —dijo y revolvió su cartera, de donde sacó su lápiz labial—. ¿Por qué nos hicieron tan frágiles, Ram?

Ramiro le apoyó su mano en el hombro. Ella sintió ese calor conocido, la mano fuerte y delicada de Ramiro. Lo miró por un segundo, después le agarró la mano, la besó y la dejó caer. Él miró hacia afuera, el lago, el sol. Una enfermera se acercó y le preguntó a Nora si era la madre de Julieta. La enfermera era preciosa, parecía una nena.

 —Soy —dijo Nora. —Parece joven para ser la mamá —dijo la enfermera; después anotó algo en su planilla y se fue. Nora no llegó a sonreír, adentro del hospital el calor era absurdo y afuera el día estaba horriblemente hermoso.*

*Cambio de estación de Jada Sirkin, del libro de relatos “Todos queremos” editado recientemente por Peces de Ciudad. Podes encontrarlo en La Libre, Bolívar 646.

Jada estará dando en noviembre un Taller de escritura “Escribir un cuento” de 4 encuentros intensivos los jueves de noviembre a las 19 hs. Les dejamos acá una mini reseña del taller:

La idea del taller no es aprender a escribir un cuento, sino escribir un cuento.
La escritura de un relato como una investigación, una exploración guiada por el interés, un viaje de descubrimiento. Bonus Track: el taller cerrará con una clase intensiva sobre encuadernación de la mano de Tino Quer, el encuadernador de La Libre. 

Un narrador sabe más lo que no debe hacer que lo que debe hacer” (Juan José Saer)
“¿Cómo hacer para escribir si no es sobre lo que no se sabe, o lo que se sabe mal?” (Gilles Deleuze)

Contacto: lalibrearteylibros@gmail.com

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