200 años de país, 400% de aumento. Solicitada libreril

Por supuesto que tenemos un interés además de un punto de vista. Por supuesto que hablamos desde el bolsillo, no sólo desde el corazón. Pero pertenecemos a ese sector de la economía que siempre privilegió la “ganancia afectiva”: somos una librería, una de las doscientas librerías de Buenos Aires acostumbradas a vender al público –clientes, amigos– entre veinte y treinta libros por día, a veces bastante menos, a veces un poco más. Los números nunca fueron prepotentes y sólo ahora, en el contexto de un modelo que hace todo lo posible para ahogar el poder de compra y de decisión de la mayoría de las personas, se empezaron a poner mandones. Antes podían ser números que no cerraban; ahora cierran demasiado: ahorcan. Cuando nos dicen que el subsidio estatal a los servicios de gas, agua y electricidad era un despilfarro, nos sorprende; nosotros lo veíamos como el resultado de una ecuación. Nos imaginábamos a un grupo de representantes, no siempre de nuestro agrado, llegando a la conclusión de que sólo así –con subsidios a los servicios, control de las importaciones, precios cuidados– la cosa andaba para el grueso de la gente y para toda esa parte de la gente que cabe en las palabras “pyme”, “negocito”, “cooperativa”. Y así iban andando las cosas para nosotros, relativamente bien, sin que en los inviernos vendiéramos libros en camisa y medias de lana.

Hoy nuestros amigos, nuestros clientes, en general sufren más que nosotros. Porque ellos tienen doscientos libros en sus casas; nosotros tenemos doce mil, y dan calor. Pero además muchos de ellos se quedaron sin trabajo; a otros les recortaron horas, a otros les aumentaron el sueldo muy por debajo del aumento en la canasta básica, el transporte, los servicios, las cuotas. Desde marzo, las segundas quincenas en las librerías son un páramo, y se diría –alguien con más de treinta años en este país podría decirlo– que volvió la moda de no llegar a fin de mes. Y estamos al tanto de que en otros emprendimientos culturales que incluyen gastronomía (aunque sea un simple bar, que sirve vino y café) junto con una oferta de actividades teatrales y recitales de bandas el cuadro es todavía más difícil, porque esos espacios sufren ridículas sanciones y clausuras. Elegimos no ahondar, sólo por esta vez, en otro tipo de recortes inadmisibles, como es el caso de la retomada de un hábito propio de dictaduras: el “derecho” de la policía a pedir documentos a cualquiera, en la vía pública, y a detener a quien no los lleva encima.

Es que esta situación en su lado material, monetario, ya de por sí es demoledora de las libertades individuales en buena parte de la sociedad argentina. Y ante ella nosotros, desde nuestra librería, queremos expresar el mayor rechazo. Nos parece indispensable que el actual gobierno asuma al menos un sentido de decoro –y elegimos esta palabra “decoro” porque somos conscientes de la importancia histórica del concepto para los sectores conservadores– y reconozca que en lo más mínimo podría jactarse de apoyar a las industrias y el sector cultural. Ello porque es obvio que el cultural es uno de los primeros sectores arruinados cuando los ciudadanos se ven obligados a medir extremadamente sus gastos, sus gustos, su consumo. Nada de esto se compensa con un recital gratis, una agenda gratis o un programa cultural abierto en la televisión pública.

Desde nuestra librería queremos expresar, por ende, el apoyo a todas las manifestaciones en contra de la dirección monetaria y social (vale decir, cultural) que viene manifestando el actual gobierno. Sólo porque vivamos entre libros no nos vamos a quedar en casa. Y como tampoco vamos a recortar las horas en que la casa está abierta a clientes y amigos, sepan que en nuestro espacio nos encuentran siempre. Tenemos, por lo demás, un primer piso con sillones donde nos juntamos a conversar, a leer, a pensar, y al que todos quedan invitados desde este mismo momento -mitad del invierno, mitad de mes, fin de mes- a sentarse en grupo o en solitario y tomar un libro, un libro cualquiera de la librería, sin la menor exigencia de compra, para leerlo como si se estuvieran en una biblioteca.

La Libre

(Espacio de libros donde además se charla, se discute, se encuaderna, se experimenta el cuerpo, se composta y se amamanta)

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