Tomás no quiere llegar lejos (cuento)

Se me ocurrieron varios chistes porque a Roxi le habían quedado los dedos enredados en el freno de mano. Volvíamos de un verano en San Javier y ella dormía; a la madrugada, antes de salir, se había puesto a llorar. Las vacaciones no resultaron lo que se esperaba. Roxi había tenido sexo con un viejo compañero de escuela, la nocturna adonde terminó el secundario hace dos o tres años; me lo contó antes del viaje, creo que el día anterior. La verdad es que no teníamos ningún acuerdo con respecto a ese tema, encuentros con viejos compañeros de la nocturna. No teníamos muchos acuerdos. Una vez dijimos: “Sólo hagamos cosas buenas para los dos, y listo.” Pasamos horas y horas en el río. Roxi lavaba su ropa y después se alejaba por las piedras. Se daba vuelta y saludaba. Yo no podía dejar de verla con su compañero de escuela. Me preguntaba si se habrían agarrado por detrás del cuello. También me preguntaba si él le habría chupado el cuerpo. Cuando hablábamos intentaba sacarme esas imágenes de la mente pero no podía. No se podía. Ella quería que nos distrajéramos. Yo decía que no, que tenía que pensar en eso. Dije: “Ahora tengo que estar denso.” No estaba enojado, estaba denso. Cuando lo decía ella se ponía a llorar y los empleados de la hostería, me imagino, debían preguntarse qué pasaba. Los desayunos nos duraban horas, no dejábamos de golpear nerviosamente las cucharitas del café.

Un rato después de Merlo las sierras bajan hasta desaparecer. En esa punta uno como que da vuelta a una esquina y enfila para Buenos Aires. Cerca de Río Cuarto subimos a un malabarista que viajaba a dar taller de circo en un pueblo. Se sentó atrás. Por el espejo retrovisor pude ver sus ojos verdes mientras hablaba; a Roxi le gustan los morochos de ojos verdes, me lo dijo varias veces. Ella le sacaba conversación, yo subía el volumen de la música. El malabarista explicó que esa zona solía ser seca pero que en los últimos años había empezado a llover. Todo estaba cambiando. A Roxi eso la entusiasmó y giró sobre su asiento para hablar con él de frente. Hablaron del clima y del tiempo; después el chico nos recomendó que no siguiéramos por la ruta 8, que era angosta y estaba llena de camiones. Que mejor dobláramos en Río Cuarto y tomáramos la 158 hasta empalmar con la 9 en Villa María. A mí no me parecía buena idea pero a Roxi sí; le hicimos caso al malabarista, se bajó en la rotonda y nos desviamos. Para qué. Esa ruta era eterna y el viaje se hizo eterno. Denso.

Después de un par de horas dije: “No tendríamos que habernos desviado, le creíste al malabarista.” No sé por qué Roxi se puso a llorar. Como a las cuatro de la tarde paramos a comer algo en una calle de tierra descampada, en la salida de un pueblo que ni llegaba a ser un pueblo. Un lugar adonde producen maní. Nos sentamos a la sombra de un algarrobo a comer un melón que se había calentado en el baúl. Roxi estiró una lona, ninguno decía nada. A unos metros había un nene. Tendría unos seis años, el pelo amarillo, lentes y un short colorado. Estaba concentrado, armaba una especie de fortaleza con ramas en medio de la calle. Después de acomodar cada rama, se alejaba y movía los dedos, imagino que calculando su siguiente movida. Quise imaginarme quién era: imaginé que sus padres trabajaban en la fábrica de maní y que él tenía alergia, por lo que ellos tenían que lavarse bien las manos antes de volver a casa. Después del trabajo el padre se iba al bar y la madre llegaba cansada. Intentaba ser cariñosa con él. Él se quedaba dormido en su falda y ella prendía el televisor y también se dormía. Él pasaba el día con una tía, que era medio sorda y por eso no podía trabajar en la fábrica. Los fines de semana la tía vendía maní embolsado en una mesita junto a la ruta. Si lograba ahorrar, a fin de mes apostaba al Quini. Una vuelta había ganado cien pesos y los había usado para comprarle cochecitos a él; no sé por qué, imaginé que se llamaba Tomás. Cuando la tía llegó con los cochecitos (uno celeste de cuatro puertas y uno rojo con forma de camioneta), le dijo: “Tomi, con estos vas a llegar lejos.” La madre de Tomás vio cómo su hijo abrazaba fuerte a su tía y dijo: “Tal vez Tomás no quiere llegar lejos.” La tía le dijo a él en secreto: “En la vida hay gente que te va a querer sacar de la ruta, vos seguí para adelante.” Tomás jugó todo el día con los autitos. A la mañana siguiente no los pudo encontrar y sospechó de su madre. Ella le sostuvo la mirada desde la puerta de la cocina, con ese repasador amarillo en la mano. El padre, que ese día se había quedado en casa para recuperarse de una tos, le dijo: “Cuando tengas dieciocho te compro un auto de verdad.” A la tarde, Tomás se fue a un descampado y prendió fuego el repasador amarillo. Por un momento el repasador y el fuego tuvieron el mismo color.

Ahora está tan concentrado armando su fortaleza que imagino que habrá olvidado el asunto de los autitos. Aunque está a pocos pasos de donde estamos con Roxi, no nos presta la más mínima atención. En un momento me pareció que levantó la mirada y nos registró. Sólo un segundo. Dije en voz baja que me parecía que todo ese juego que hacía con las ramas era un show para nosotros. Roxi dijo: “El nene ya estaba en eso antes de que llegáramos.” “Es verdad”, dije pero no podía sacarme de la cabeza la idea de que Tomás hacía todo para nosotros. Roxi ni lo miraba, había quedado de espaldas a él y comía melón mirando el algarrobo. No decía nada de la temperatura que había adquirido el melón. Yo miraba al nene. Tomás. Ahora estaba por colocar en su estructura de ramas un palito que podía hacer que todo se cayera. Lo acercó de a poco. Apoyó una punta. Su mano libre flotaba haciendo contrapeso. No sé por qué me imaginé que una vez su padre había traído de la fábrica una soga y la había tensado entre dos árboles del jardín, para que Tomás hiciera equilibrio. Vi al padre tomándolo de la mano y acompañándolo en el trayecto de un árbol a otro sobre la soga. Supe que esa noche Tomi había despertado de una pesadilla y había salido al jardín para intentar hacer equilibrio en la soga sin la ayuda de su padre. Supe que abrió la puerta muy despacio para no hacer ruido y que vio que la soga ya no estaba. Al día siguiente el padre le contó que hay gente (“locos de la guerra”, dijo) que caminan por una soga así pero no entre dos árboles sino entre dos montañas, a miles de metros de altura.

Ahora noto que Roxi me mira mientras yo lo miro a Tomás. No puedo devolverle la mirada a ella, tengo que prestarle atención a él; está en el momento más crítico de su operación. Cuando apoya el palito sobre su fortaleza de ramas, sé que se está entrenando para otra cosa. Después, cuando la estructura se cae a pedazos y él sale corriendo como si no le importara, pienso que no, que nada es así como imagino y que tal vez su nombre ni es Tomás.

*Jada Sirkin. El Sábado 16 a las 16 horas vuelve el taller de escritura intensivo coordinado por Jada. Esta vez A LA GORRA!

https://jadasirkintext.wordpress.com/cuentos/tomas-no-quiere-llegar-lejos-cuento/

Evento del taller: 

https://www.facebook.com/events/1550560841918740/

Tomás no quiere llegar lejos Poster

Les esperamos el sábado 16 a las 16 hs en La Libre, Bolívar 646

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