La edición como un cuenco

(Por Cristian De Nápoli)

felisPensaba en algo que dijo un colega traductor, Marcelo Zabaloy: que hace un par de años, cuando terminó la traducción del Ulises de Joyce, le escribió a treinta editoriales para ofrecerles el libro, y que solamente una respondió el mensaje. Zabaloy era un desconocido, y si para los filósofos el conocimiento es una categoría absoluta, para los editores, a veces, lo es el desconocimiento: tal escritor o tal traductor no tiene reputación, entonces no existe.

Edgardo Russo, de quien hoy se cumple un año de su muerte, fue el que respondió ese mensaje. Y dos años después editó el Ulises en su nueva traducción. Desde la editorial que fundó y que hoy sigue viva, Cuenco de Plata, editó además diversos librosde Juan Filloy, Felisberto Hernández, Clarice Lispector, Witold Gombrowicz, Marosa Di Giorgio, Armonía Sommers, Enrique Symms, Antonin Artaud, Pascal Quignard… Diversos libros -cuatro, seis, ocho títulos distintos- de cada uno de estos autores: quizás en esto se jugaba el nombre y el concepto de la editorial, la idea de cuenco. Es algo bastante raro entre las editoriales medianas que se decida sostener la confianza o la pasión por un autor después de dos libros.

En lo personal traté muy poco con Russo, y la primera vez que lo vi fue cuando entré a su oficina a robarle. Fui a robarle porque no me quería pagar. Me había encargado por teléfono y “con urgencia” una traducción de un libro de Lispector. Pero a los tres días me llamó para cancelar el acuerdo: acababa de recibir la oferta de traducir el mismo libro por la mitad de la plata. Gasté dos sesiones de terapia hablando del asunto. Eran los días donde mi resentimiento afloraba seguido, y ni siempre con tan buenos motivos como este que Russo me daba. Le respondí: “Todo bien, quedate con tu traductor carnero, seguro debe ser un profesor universitario que traduce por currículum, un profesor de la UBA al que vos y yo y todos los argentinos le pagamos el sueldo de dedicación exclusiva a la docencia”. Se rió. Le dije que me debía 400 pesos (algo así como 1500 pesos actuales) por las páginas de Lispector que ya había empezado a traducir. Me respondió “vemos más adelante”. Y más adelante fui a su oficina, me abrió la puerta, me dijo que no tenía plata, le dije “entonces te robo quince libros”. Consensuamos juntos, un poco a la fuerza, qué libros le podía robar. Él sugería, por ejemplo, que le robara un Pasolini, ahí donde yo acabé eligiendo un Artaud. O de repente se alegraba cuando le decía “este Di Giorgio me lo llevo”. Fue un momento simpático para un comienzo y casi fin de relación.

De ahí en adelante uno lo podía ver seguido a Edgardo en La Libre, la librería de Darío y Simón. Russo iba a La Libre a tomar mate y hablar de libros. Era un monotemático de lo próximo, de lo que estaba por editar, de su deseo. De la edición del Ulises traducido por Zabaloy hablaba todo el tiempo.

Hoy, desde esta Libre donde ahora soy socio y librero, le mandamos un abrazo grande a toda su familia y en especial a Nikita Russo y a Emilio, el hombre al frente de Cuenco de Plata desde hace un año y ojalá por muchos años.

 

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