Kryptoyolanita

oyola

(Por Cristian De Nápoli)

Es toda una tradición literaria en estas tierras -y una muy prestigiosa, incluso cuando apenas pasa de pícara- que los héroes del mundo mundial, los mitos del folclore y la literatura de Oriente y Occidente, vivan también un episodio criollo, una singular y más o menos discontinua deriva argentina, preferentemente suburbana. Momentos de esa tradición incluyen al diablo alemán, el Fausto, leído y comentado por dos gauchos orilleros del siglo XIX, así como a diversos seres de la mitología europea reencarnados en un grupete de escritores que se mueven oscuros por la noche de Saavedra, según la imaginación de Marechal. En esa misma vertiente entonces guapea esta novela de Leo Oyola, Kryptonita, que se publicó en 2011 y hoy se reimprime a granel gracias a que fue llevada al cine.

Y si el Fausto criollo de Del Campo daba una posibilidad de ejercer la parodia criolla de un modo distraído, tomando el texto referente casi como mero punto de partida para después someterlo a cuitas propias, mientras que el Adán Buenosayres de Marechal habilitaba otro camino -el camino de una parodia más erudita, escrita en clave, engolosinada con guiños y alusiones al original-, la Kryptonita de Oyola me da la clara impresión de que elige la segunda vía, que no es mi preferida, aunque agrego: ¡qué bien que lo hace! Y agrego también que, para alegría de este lector, la novela se aparta de una larga ristra de condiciones que podría haberle impuesto su fuente (las historietas de superhéroes) si decidía quedarse apegada a ella.

Oyola forja su historia en base a eso que sería la deriva por territorios bonaerenses de la Liga de la Justicia de DC Comics. Salvo en un caso, cada protagonista de la banda de delincuentes de Pinino tiene su filiación con alguno de los miembros de la Liga. Están seis de los siete originales -Flash, Detective Marciano, Linterna Verde, Mujer Maravilla, Batman y Superman- y falta Aquaman: su lugar es ocupado por un personaje femenino, la Cuñataí, que por sus pilchas emplumadas remite a la Mujer Halcón. Pero además de ir desgranando de a poco, de un capítulo a otro, este juego de doppelgangers bien criollos, la novela de Oyola se trenza en cifras y alusiones, apenas perceptibles, a muchos otros superhéroes del catálogo de DC y Marvel Comics. Así por ejemplo el Señor de la Noche (nuestro Batman) puede hacer un chiste sobre Daredevil, que posiblemente no captan los lectores ajenos al palo. Puede que tenga varios momentos crípticos esta Kryptonita, que hasta serían molestos si no fuera porque la apuesta central de este juego es por el lenguaje.

Es una novela barroca, lo sabemos de entrada. Habla del habla: la jerga callejera del “pata negra”, la jerga profesional del “obitó”. No es una novela cinematográfica porque su lujo pasa por despreciar la acción; así y todo fue llevada al cine, con resultados que para mí fueron pobres. En el texto novelesco, que alrededor de los superhéroes forajidos se vaya formando un mosquitero de agentes de la policía y miembros del Grupo Halcón dispuestos a reventarlos en mil pedazos no es algo que obligue al escritor a tramar, para las últimas páginas, un final a pura acción; en la versión filmada, sin embargo, uno está generalmente esperando que al final se peguen duro y rompan todo. Por eso en el cine puede ser decepción lo que en los libros es maestría. Problemas de un guión híper-respetuoso con la novela, con una novela que por suerte no fue híper-respetuosa con las historietas.

Es, decía, una novela barroca. Críptica en sus momentos, descaradamente clara en otros, gozosa. Y Oyola aprovecha también para viabilizar a través de sus superhéroes lo que él cree -y yo también- que es una estética popular bonaerense, en base a un kit de preferencias que moldean las biografías de los que hoy tenemos cuarenta años. Formados en cierta industria cultural tangencial que incluye un mapa de bares y boliches y una discografía aparentemente yanki pero que en realidad es más italiana que otra cosa, toda esa base de datos que definen la personalidad de los protagonistas Pinino y Lady Di nos calca: somos eso, no mucho más. Me gusta pensar que un lector con la mitad de nuestros años, un adolescente, igual los capta y los disfruta. No creo que eso pase normalmente, pero el mayor mérito de Leo Oyola, su don personal, es que él lo logra.

 

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