El poder de la ficción

¿Para qué contamos historias?

Podríamos preguntarnos para qué contamos historias. Podríamos preguntarnos por qué la narración es un arte tan antiguo que sobrevive al paso de las eras. A veces aún me pregunto para qué el arte, una vez alguien se rió cuando declaré: voy a dedicarme al cine. De chico subrayaba la revista de cable a principio de mes, y dejaba la videocasetera programada para grabar (en VHS) las películas que daban a la madrugada. Pareciera que los chicos no tienen tanto vidrio entre esos dos espacios que los grandes un día decidieron llamar realidad y fantasía. En una novela de Onetti, un escritor crea una ciudad ficticia y luego viaja hacia ella. En un relato de Borges, la enciclopedia de un planeta inexistente comienza a modificar la realidad de la Tierra.

Featured imageSiempre me he rebelado contra esa “realidad” de la Tierra, o tal vez contra los bordes que (nos) quieren imponer (o vender), y que acotan lo posible. Tal vez esa rebeldía me hace escribir ficción.

Cortázar decía (dice) que lo fantástico no se opone a lo real, sino que es otro círculo de lo real, como un conurbano de la realidad, las orillas. Y si lo real tiene su conurbano, me pregunto si también tiene su microcentro. ¿Qué sería el microcentro de la realidad? Tal vez aquello “incuestionable”, la casa de gobierno de la constante, el honorable congreso del axioma, la plaza Normal y la pirámide de Maya.

Piglia dice que la literatura de Borges no investiga tanto cómo la realidad se muestra en la ficción, sino cómo la ficción aparece en la realidad. El Quijote leía sus novelas de caballería y al salir al mundo quería vivir las aventuras, Madame Bovary soñaba el romance caliente del salón de baile de sus lecturas, y Hamlet usa el teatro para desenmascarar al asesino de su padre. Por otro lado Evita, antes de dedicarse a la política fue actriz. ¿No es genial que un personaje de teatro griego haya devenido complejo psíquico? ¿No es curioso que Edipo se haya vuelto El Edipo? ¿No es tremendo vivir formateados por arquetipos, conceptos, paradigmas, nombres, historias, mitos y creencias?

¿Por qué vivir según leyes, normas y reglas que quién sabe quién diseñó y con qué fines? ¿Por qué repetir gestos heredados y no cuestionados? ¿Para qué usar palabras que tal vez dicen lo contrario de lo que queremos decir?

A lo que apunto, concretamente, es al poder y la importancia de la imaginación. Me atrevo a decir que cientos o miles de años de esta forma de civilización nos han atrofiado la capacidad de imaginar. Pues desatrofiémosla. Despertemos la imaginación adormecida, devolvámosle (y devolvámosnos) el poder. Tomemos las riendas de la(s) historia(s), desarmemos a ese personaje víctima del destino.

(El párrafo anterior se aúlla desde un balcón o desde un escenario).

Parece increíble, pero como seres humanos sostenemos (y han pasado miles de años) una mentalidad trágica: caminamos inexorablemente hacia la fatalidad, pues somos esclavos de nuestros guiones: mataremos a nuestro padre y copularemos con nuestra madre, sólo para luego arrancarnos los ojos y sufrir una vaticinada ceguera. Nos pensamos víctimas del destino, y parecemos condenados a repetir el libreto de siempre, parecemos movernos como marionetas despojadas del poder de imaginar su suerte.

Aunque hipnotizados por una somnolencia antigua, a veces (y quién sabe si esto no es parte también de ese guión) atisbamos, como si se corriera un velo, la arquitectura de la matrix. De pronto giramos en una esquina y algo (puede ser cualquier cosa) desactiva el automático. La epifanía puede durar un instante, pero el sistema perceptivo queda trastornado. Agitado, lo cotidiano ha mostrado su otra cara, hemos visto detrás del telón, hemos accedido, aunque sea un momento, al adentro de las máscaras.

Acaso la ficción, la narrativa, el arte nos permiten agrietar las máscaras, dejar de usarlas para escondernos y usarlas para revelarnos (rebelarnos para revelarnos). Acaso la ficción es, como decía Eugenio Barba, una herramienta para dejar de fingir. Acaso las historias nos permiten esa alquimia, aquel coraje para la poesía.

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 Jada Sirkin, Buenos Aires, 7 de noviembre 2015.

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