El caso del relato roto (cuento cuántico policial)

Tengo que escribir un cuento. ¿Con qué oración empezar para atrapar en mi red narrativa al lector insecto? Nada más vertiginoso que escribir. Nada más horroroso que intentar verme en la nieve y no ver más que nieve blanca. Como un guerrero amnésico, despierto sobre una hoja en blanco, como antes de la creación del mundo o atravesados los apocalipsis. Tengo que escribir mi cuento. Me miro en el espejo, la nieve me refleja todo el material del mundo. Veo un rostro borrado, y hasta la huella de los dedos que surcaron el reset. En fin (en principio), estoy en una especie de desierto de arena transparente con la espada en alto, en guardia, como si una reciente ecatombe me hubiera dejado alerta, con una gota de negra sangre a punto de soltar la punta de la pluma (el sable).

Como llamado a escribir, como perdido en un bosque.

Nada más frustrante que intentar recuperar la memoria de un sueño destrozado por la censura del tiempo. Despierto vacío y acá estoy, como un detective que intenta reconstruír un recuerdo criminal, con una misión de alumno que busca el fondo de la cueva, el charco de luz. Acá estoy, perdido en la idea de que ya estuve perdido en este bosque albino, transpirando la necesidad de un nombre.

No sé quién soy, desgracia o milagro. Estoy frente al espejo cuando el sol apura. Me lavo la cara en un arroyo, en un oasis, en una pileta, y unos ojos que aún no existen me piden trazo, me piden relato. Se puso el día en pie.

Hice café con leche (sin entender por qué se mezclan lo negro y lo blanco) y me senté en el escritorio. Entré una vez más al desértico bosque de la escritura, es de mañana y la sombra se retira. No sólo no tengo futuro, el presente es también un cuento y las horas me reclaman: tengo que escribir, para hoy, aquel invento.

Avanzo a tientas, como si fuera la única forma de avanzar, hacia el pedido, hacia la creación de un texto. Soy el capitán de una embarcación que agrieta una jungla. Avanzo por pedido, esclavo de lo que en mí se piensa divino.

Avanzo, ya soy al menos un intento.

Por alguna razón (el gran misterio) avanzo cubriéndome los ojos, entrecierro, hago lo que siempre hacemos: temo. Y en la planta de mis pies, la fiebre del relato, la urgencia de tejer, de ser mujer araña con su deber de tejer, como si sólo atravesar la imagen de un bosque con niebla fuera darme como dios (demiurgo). Como si encontrar esas fotos antiguas de papá y mamá en los arrayanes fuera a servir para algo. Como si hablar de mis recuerdos prometiera una literatura de árbol (alta). Como si siempre que escribimos tuviéramos que hablar de mamá y papá. Y de los arrayanes.

No sé qué digo. Pero lo digo sobre piedra.

Y disparados mis oídos al recuerdo, me veo en una calle con baldosas grises, Caballito, Paternal, el Centenario, Buenos Aires. Avanzo veloz hacia algún lado, caigo preocupado hacia el apuro, nada, estoy caminando, como dicen apurado por llegar a clase. Voy hacia una clase (eso suena urbano), soy un sujeto apurado en Buenos Aires.

Warnes, ese nombre, hangares (galpones) con naves dentro, lo que se dice coches estacionados de culata, abiertos, con hombres que les hacen torno y cosa, los revisan, los aceitan. Calle Warnes, apurado pateo algo, una botella o algo que rueda y rompe, digo se rompe, ¿cómo se decía de esos verbos que se reflejan? ¿Copulativos?

Debería saberlo, debería saber hablar de lo copulativo. Pero no sé. Cuestión que la botella o coso de vidrio estalla y las baldosas se llenan de formas de vidrio, astillas, toda la vereda como un mar de astillas.

Me detengo, estoy en el bosque, mi desierto, no me di cuenta y me apoyé en un tronco, la corteza suda anaranjada, mano con resina, pegote arrayán. Y cruza por mi mente la idea de dejar los vidrios rotos y seguir, para no llegar tarde a clase. No puedo llegar tarde, estoy perdido. Perdido en el pedido, tengo que llevar mi cuento, el vidrio es coartada, puro cuento. Y hago rulo de palabras y sonidos (lo que en mi barrio se dice firulete) para, tal vez, ocultar con música el dolor, o elevarlo a la nube; hacer de mi dolor, o mi dilema, un canto de la red, del relato humano.

Si todo lo anterior fuera un sueño, al menos despertaría con vidrios rotos dentro de la cama. Empezaría el día con lo planeado roto, me asearía como quien se borra, me sentaría de nuevo ante la hoja en blanco (seamos francos, la pantalla en blanco), tendría el día para tejer algo.

Intventarme (seamos francos, tejerme como un Frankenstein).

Pero si lo anterior no fuera sueño, seguiría atrapado en el desierto, el vidrio se habría roto tanto que sería arena y la posibilidad de llegar a clase a tiempo sería absurda. Buenos Aires, donde la puntualidad es un relato absurdo. Buenos Aires, ciudad donde los puntos son un decir, un manchón, un casi, donde Palermo es rata y Centenario araña.

Estoy perdido en Buenos Aires, membrana cuántica, entre los vidrios y el deber, entre el deber y el cuento. Me esperan en el taller, hoy era mi día para presentar el cuento y si no llego pensarán que es un escape, que no quiero narrar. No narrar, la opción de no narrar, el crimen de no narrar, de llegar tarde a la entrega de relatos, no entregar la red, no mostrar mi sweater.

Pero despierto (o me duermo) en el bosque, y refriego mis ojos como si hubiera estado siglos frente a la (perdón por la palabra) computadora. Una computadora en un bosque, vidrios en el desierto, estar apurado en el desierto, ahí hay una imagen, la idea del contraste, el apuro en el desierto. ¿Qué podría hacer que alguien esté apurado en el desierto? Esa es una buena idea, un personaje apurado en el desierto. Mierda, me digo, mirando los vidrios rotos en el borde del parque, Ángel Gallardo, recién ahora se me ocurre. ¿Por qué las ideas llegan tarde?

Uno de los hombres corpulentos que meten mano en los coches de culata me mira como diciendo pibe, no se te ocurra dejarme esos vidrios en mi calle. Estoy por abrir la boca para decirle que estoy apurado, pero en lugar de abrir la boca abro mi mochila. Como si desenvainara una espada ante la velocidad enemiga, saco las hojas impresas para presentar en clase. Si de este lado están blancas es porque imprimí del otro lado, instantes de esperanza antes de darlas vuelta para comprobar que no hay más que un lado. Oh, dios, exclamo, y me religo ante los talleristas, los de Warnes y Ángel Gallardo, y este momento religioso (los atardeceres propician el sentimiento místico) me hace ver que las hojas donde imprimí mi cuento para presentar dieron su salto de Moebius y el lado impreso (con mi original y maravilloso relato) quedó atrapado en la nieve de la eternidad, y que por lo tanto ahora no tengo en manos más que un manojo (resma) de vacías fetas de arrayán.

¿Quién no soñó alguna vez que salía desnudo a la calle?

¿Quién no lo hizo alguna vez fuera de la guarida de los sueños?

Bueno, tal vez yo nunca, pero imagino que esa pesadilla mítica ha de sentirse así de horrible, así de desesperante, así de fatal. Intento consolarme con la idea de que todo relato está destinado a morir, a reintegrarse en la trama única (delirios del campo unificado), pero no funciona. La tristeza se impone, la desilusión me tumba.

Al menos ahora tengo una excusa (la frustración, la tumba) para no barrer los vidrios que estoy a punto de dejarle al panzón del taller de Warnes. Pienso que tal vez me escapo lento para que me alcance, y que su paliza funcione de castigo (merecido) y coartada (genial) para no leer mi cuento.

*

Jada Sirkin, Buenos Aires, 17,10,15

Texto escrito para el blog de La Libre, a propósito del taller de escritura “El arte del relato”

Taller de escritura intensivo

Sábado 24 de octubre

A las 15 hs

En Bolívar 646 – La Libre

Inscribite mandando un mail a: dandembira@gmail.com

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