Entrevista a Naty Menstrual

Naty Menstrual es la primera escritora autodefinida como travesti publicada en Argentina. En los cuentos de su primer libro, Continuadísimo (2008), la autora presenta un mundo que invierte las reglas y los valores —sociales, culturales, sexuales— tradicionales.

“En estos relatos, la autora narra escenas que atraen y repelen, como un Copi pero mas guarro” Osvaldo Baigorria (2009)

En una pequeña y fugaz entrevista Naty nos cuenta mas:

¿Cómo surgió el libro “Continuadísimo”?

Naty Menstrual: Surgió a partir de un blog que yo escribía y a partir de que me empecé a travestir y a vivir una vida diferente, en todo sentido, sobre todo sexualmente. Y un amigo me aconsejó: “hacé un blog”, y entonces lo abrí para ir contando cosas que pasaban y que la gente no conocía, no tenía ni idea. Más tarde empecé a leerlo en público y algunos amigos ofrecieron material a editoriales. Y desde Eterna Cadencia me llamaron; así surgió Continuadisimo.

¿Qué significó para vos publicar tu primer libro?

Naty Menstrual: Fue raro porque no fue una búsqueda mía, se dio solo.  Fue como una sorpresa enorme. Además hubo como una cosa rara o hermosamente rara: cuando salí de firmar con la editorial, tenía que dar la vuelta a la manzana para tomar el colectivo, y cuando estaba en la parada, le había mandado un mensaje a mi mamá contándole que había cerrado el trato, y llegó el colectivo y se largó una tormenta impresionante de golpe. Como si hubiera sido algo premeditado, me convertí en escritora publicada y me ligué un baldazo de agua.

¿Por qué “continuadísimo”?

Naty Menstrual: El título lo eligió María Moreno, porque es el nombre de uno de los cuentos, y se refiere a los cines porno, que son continuados, donde si querés podés entrar a la mañana y salir a la madrugada y te podés hacer veinte pajas.

¿Cuál es el cuento que más te gusta?

Naty Menstrual: No hay uno que me guste más. Hay varios que me gustan. Hay uno que me provoca mucha congoja y se llama “Boina negra”, que fue una noche perfecta de amor pero quedó en eso, y otro que fue todo lo contrario, una desilusión monstruosa, que es “Match point”.

Sinopsis
“Naty Menstrual escribe cuentos de una lujuria esperpéntica pero matizada por la piedad tiernísima con que los mejores cronistas populares suelen envolver a sus criaturas. Su erotismo escatológico tiene antecedentes tan notables como el Quevedo que escribía Gracias y desgracias del ojo del culo y el Aristófanes que ponía como protagonista de su comedia Los caballeros a un vendedor de morcillas.Con destreza narrativa Naty Menstrual pasa por la nariz de los lectores nuevas flores del mal que, con sus tacos chuecos y sus pelucas fatigadas, saben arrancarle al melodrama de la vida un toque de comedia: se llaman Sabrina Duncan, La Mr Ed, Sissy Lobato, Marlene Brigitte… Si Clara Better, la prostituta poeta inventada por César Tiempo, las hubiera conocido en un cruce de ficciones, hubiera dejado de yirar para emplearse cama adentro. Nunca hubiera podido competir con tanto ingenio de vivir, tanta orgía extraída a la mala suerte, tanta lluvia dorada de besos negros en un perpetuo frenesí” María Moreno

Acá les dejamos unos de sus cuentos

Lluvia dorada sobre mí

Guardaba el pis de Mauro. No pensaba tirarlo. Era lo único que me mantenía unida a él y por nada del mundo iba a permitir que algo nos separara del todo. Mauro ya no estaba, pero había una parte de él que me servía para recordarlo. Una sola gota de su pis detrás de mis orejas les alcanzaba a mi desesperación y a mi profunda soledad para sentir que él estaba encima de mí acariciándome y besándome, como en los mejores días, cuando el amor me hizo creer que era eterna. Hacía dos años que vivía en un hotelucho en San Telmo, en la esquina de México y Perú. Era una pocilga habitada por cucarachas e indocumentados. Al ritmo de la cumbia yo paseaba por el cosmopolita recinto latinoamericano con mis altos tacos. El edificio estaba pintado de rosa pálido. Cuando lo vi por primera vez supe que ese color era el color ideal para sentirme como en casa. Era como la casa de Barbie que había querido tener desde chica, por lo menos por el color de afuera, por dentro… bue… sin comentarios. Yo me sentía feliz, o al menos me pasaba la vida cómoda prostituyéndome sin plantearme demasiado. Los planteos nos hacen víctimas de una existencia infeliz y yo quería eso para mí. Hacía el peso para los gastos diarios y bastante más. Unos tacos nuevos por acá… un papelito por allá… mucha noche… mucha joda… muchos hombres… El billete que venía a un alto costo por un lado tomaba carrera por otro a una velocidad incalculable. No era fea. No era gorda. No era vieja. Tenía solo veinticuatro años. Me había puesto un buen par de tetas que me habían costado cien polvos completos de cincuenta pesos, ustedes hagan el cálculo. Pero valían la pena. Mis queridos alfajores Suchard, les decía yo a mis hermosos pezones, sí… y les había puesto nombre a mis tetas, merecían una identidad por lo que me habían costado. Tetu y Titi. Mis dos tetas eran mi vida. Como Tom y Jerry, como Mirtha y Susana, como Laurel y Hardy… Los tipos se colgaban fascinados de esos dos montículos de silicona coronados por dos grandes pezones hormonados, pero terminaban siendo todos putos… ¿Te la puedo tocar? Es la primera vez… Y cuando la tenían en la boca terminaban siendo la Cicciolina en su escena mejor lograda.

 Hubo uno solo… uno solo entre tantos. Ese era Mauro. Tan macho… Ya sé… ya sé que desde el momento de estar con una travesti un hombre no es macho, pero me refi ero a una actitud, no a una elección sexual. Hay muchos heterosexuales que son más maricas que un puto. Mauro era… Mauro era Mauro, único e irrepetible. Su cuerpo. Sus piernas. Su culo. Su pija. Su manera de moverse. Su voz. Sus labios. Cuando lo vi por primera vez en esa disco yo ya estaba envuelta en los brazos de la madrugada y me advirtieron que era un chulo. Un taxiboy de lujo que la única afición que tenía era la de aspirar cocaína y billeteras. Quise probar… después de todo qué es lo que no había probado… alcohol para inspirarme… merca para levantar… Una noche perfecta cerraría con eso… un buen ejemplar de macho argentino. Las críticas pasaron de largo por mis oídos. Envidia. Pura envidia maricona. Me había mirado y esos ojos merecían una respuesta enseguida.

 Fueron dos años después de esa primera mirada. Unos 730 días junto a él. Unas 17.530 horas. Inigualables. Que me hicieron sentir la vida con una intensidad que antes nunca había podido disfrutar. Tan grande como la soledad y la angustia que se apoderaron de mí cuando él no volvió jamás a mi lado. Se quedaba muchos días revolcado junto a mí en el hotel. Yo salía a trabajar y él me esperaba. Siempre con un regalo que por supuesto pagaba yo. Pero qué importaba, en un mundo donde todo se compra, yo no iba a ser menos. Una botella de buen vino. Un papelito de cocaína. Unos petardos de porro. Un kilo de helado… Era muy vicioso… pero muy macho. Jamás me la tocó y para mí eso era como un regalo sagrado. Solo se dejaba pasar la lengua por el culo cuando estaba muy borracho y eso me volvía loca, se le ponía la pija tan dura que después me cabalgaba por horas. Algo tuvo que haber pasado, algo tuve que haber hecho mal sin darme cuenta, o simplemente se fue porque el sabor de la aventura se había terminado. Quizás para él tenía fecha de vencimiento en mis tetas y no me había percatado. Vivir en un segundo piso con el baño compartido abajo hizo que mi tesoro quedara para toda la vida embotellado. Con tal de no bajar al baño, Mauro un día me pidió permiso para mear en las botellas de cerveza vacías. Teníamos muchas. Teníamos a veces más de las que el reducido espacio permitía. Si se le había ocurrido mear en las botellas por qué no iba a dejarlo, después de todo, verlo mear me ponía loca, excitada, frenética. Terminaba de mear y sacudiéndola venía hacia mí a ponérmela en la boca, y no me daba asco, era el sabor de Mauro. Si no, se acercaba con su mirada lasciva y me meaba para después revolcarnos como perros entre las sábanas húmedas. Así nos enredábamos, entre mi amor y el olor de su orina. Cuando juntaba varias botellas, yo las vaciaba en el baño y las volvía a subir, y él, prolijo y jugando a tener la mejor puntería, las llenaba en unos pocos días. Lo amé como a nada en la vida. Y él también, lo sé, aunque nunca me lo dijo.

Cuando se fue, sentí que me moría. Hacía frío y medio dormida busqué el calor de su piel para abrigarme. Esa mañana cumplíamos dos años. Él no tenía idea pero yo los contaba día a día, hora a hora, segundo a segundo. Cuando sentí que su calor no llegaba, me desperté sobresaltada. No estaba. No estaba. Quizás… quizás había ido al baño… No… nunca iba al baño. Me levanté y en la mesa de luz vi mi cartera revuelta, me faltaban quinientos pesos y la tarjeta del banco. Lloré como una loca. Me sentí sola en el mundo y grité aullando como una loba despojada de su cría. Nunca volvió. Nadie sabía nada. Por eso, desde ese día guardaba el pis de Mauro como el único trofeo que me había quedado. La vida pasó como pasa siempre hagas lo que hagas, pero siempre en un rincón esperaba que volviera a mi cuarto. Cuando conocí a Aldo estaba desprevenida. Y me vino bien para intentar olvidarlo. Aldo era distinto. No era chulo. Era un chico bien de diecinueve años que se había enamorado de mí como un pobre santo. Un cliente casi adolescente que había despertado al sexo de mi mano. Al poco tiempo de conocernos se había venido a vivir conmigo ignorando la ira desenfrenada de su familia, cosa que me tenía sin cuidado. Si mi familia hacía tiempo que no existía, no entendía por qué esperaban que yo hiciera algo. Quizás, a ese amor incondicional, me lo merecía después de tanto dolor, y lo aproveché aun sin amarlo.

Hasta que un día… un día cuando entré a la habitación después de pegarme una ducha fría lo vi con la botella en la mano. Nooo… eso no, pensé yo, eso es lo único que me queda… eso es mío y de Mauro… Pero no pude hacer nada, a pesar de mi sentimiento de desesperación, para impedir que se tomara un trago. Tragó como pudo y puso cara de asco. Intentó escupir cuando sintió el sabor raro pero ya lo había tragado. Me miró de una forma extraña y se limpió los labios. Lo miré… Me observó profundamente… Esos ojos… esos ojos que me miraban ahora no eran los de él, tenían un brillo extraño… Me tiró en la cama con pasión y me besó en la boca, y sentí el gusto de Mauro en mis labios. Me hizo el amor como nunca lo había hecho y lo sentí como no había podido hacerlo antes… y ahí entendí… lo supe en ese instante… aunque se rieran de mí, no me había equivocado, ese era el día del regreso tan deseado. Aldo me agarró suavemente del pelo y me miró a los ojos… me dijo te amo… Lo volví a besar y me di cuenta… Por el sabor de sus labios me di cuenta de que Aldo se había ido… y que había vuelto Mauro.

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