Semana de la Dulzura

 guillo

Por Cristian De Nápoli

La última deferencia de Eduardo Galeano fue morirse en la época del año en que más se habla del mercado de los libros y de los autores que venden. Una semana antes del comienzo de la Feria del Libro, las revistas y los suplementos culturales pulen sus notas rankeras, adobadas en el mejor de los casos con alguna que otra estadística potable, y los lectores entramos en un hiato donde de repente es más notoria la opinión de los gerentes editoriales –de Planeta, de Random House– que lo que tienen para decir los escritores acerca de los libros. Es la semana de la dulzura y, si uno se descuida y sigue al pie de la letra toda esa sarta de pelotudeces que se publican en estas siete jornadas, quizás termina empachado y creyendo que el mundo de la literatura se sostiene gracias a Rolón y Fernández Díaz. Las conclusiones que se difunden, sin embargo, siempre son parciales y tendenciosas incluso en los términos de la edición masiva. Me explico: no sólo es falsa la idea de que los best-sellers sostienen la industria del libro; son falsas también las planillas de best-sellers.

Viajo todos los días en subte y, a diferencia de mi profesora Beatriz Sarlo, compruebo que en los subtes la gente sigue leyendo. ¿Qué se lee? Libros muy singulares, en casi todos los casos. Es muy difícil encontrar, en el lapso de cuatro o seis viajes, que dos personas estén leyendo el mismo libro. Este dato a mí me alcanza para denostar cualquier planteo tendencioso del tipo de los que sugieren que gracias a un puñado de best-sellers la industria del libro sigue viva. Tengo otros datos que avalan mi punto de vista, porque también atiendo una librería, pero la librería que atiendo es especial. Es una librería especialmente diversa y donde la mitad más uno de los libros que vendemos son de editoriales chicas (chicas de verdad). Los viajes en subte en cambio no son especiales: son un auténtico muestrario de lo que se lee independientemente de los sectores de consumo y demás. Y, como vengo diciendo, en el transporte público la diversidad de lecturas es altísima.

Pero además decía que las planillas de best-sellers son falsas. La mayoría de estas noticias de prensa que se difunden a lo largo del año y con epicentro en la Semana de la Dulzura son artículos pavotes hechos por periodistas culturales demasiado descansados en los agentes de prensa de las grandes editoriales y que se dejan intimidar por baterías publicitarias disfrazadas de conclusiones empíricas. Cuando en la realidad lo que tenemos es que Rolón vende menos que Quino, Ceferino Reato vende menos que Rodolfo Walsh y Fernández Díaz vende menos que Guille de Pósfay.

Hay escritores (de ficción y no ficción) cuyos libros parecería que muy poca gente sabe lo bien que se venden –eso si nos guiamos por estas noticias tendenciosas. Pero por suerte la única industria del libro verdaderamente legitimada es la del boca a boca y se sabe, aunque esto nunca aflore a la suprarrealidad periodística, que en Argentina se lee mucho y variado y con preferencias que no se condicen con las listas públicas de best-sellers. Hay que tomarse con soda, entonces, las conclusiones de la Semana de la Dulzura. Quieren empacharnos con mentiras, pero es muy importante saber –insisto– que no sólo nos mienten cuando quieren hacer pasar cantidad por calidad. Mienten también en cantidad.

 

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