Libros, anarquía y rock & roll

Entrevista a los libreros de La Valija de Fuego (Bogotá)

Por Darío Semino (desde Colombia)

Rockera y anarcaFeatured image pero también coqueta y acogedora, La Valija de Fuego es una de las mejores librerías de Bogotá. Con algunas mudanzas de sede ya lleva seis años de existencia, mezclando en sus mesas libros nuevos y usados, raros e independientes. Todos seleccionados con criterio de librero astuto, que sabe tantear en cada ejemplar el valor económico, cultural y estético que posee. Pero eso no es todo, además de la librería, La Valija de Fuego se ramifica como editorial de libros preciosos y únicos, que en términos de calidad nada tienen que envidiarle a las grandes editoriales y que a nivel diseño le sacan varias cabezas de ventaja a la mayoría. Detrás de este proyecto está Marco, un hombre de amplia catadura, tatuado, con campera de cuero y tenue cresta, al que se le nota el oficio en el cuidado y entusiasmo con que trata a los libros. Cada vez que le llega un pedido con nuevos materiales se frota las manos y empieza a moverse por el local como un chico punk con un cofre de juguetes nuevos. Con él conversamos, mientras los clientes curiosean en los anaqueles, sobre el mundo de los libros y sus alrededores.

Para empezar quería preguntarte por la historia de la librería. ¿Cómo arrancó el proyecto?

Hace varios años yo tuve que irme del país por distintas cuestiones de política.  Era parte de grupos anarquistas, recibí una serie de amenazas y me tocó irme afuera. Estuve en Argentina un tiempo, siempre tuve la idea de los libros, siempre me han gustado mucho. Había participado en varios proyectos editoriales de carácter libertario, más bien endógeno, si es que se puede decir. Y cuando fui a Argentina ver la cantidad de librerías y proyectos editoriales que hay allá me llamó mucho la atención. A la vuelta conseguí algún dinero y prácticamente con las uñas monté la librería. Eso fue hace más de seis años. Al principio estábamos en un local que era muy grande y teníamos doscientos libros nomás. Era una cosa un poco quijotesca. Empezar con doscientos o doscientos cincuenta libros y comprar y vender de a poco. Como al año me trasladé a otro local más pequeño pero mejor ubicado. Y ahí empecé a jugar con vender libros nuevos y leídos, es decir libros de segunda mano. Fue una manera de hacer crecer la librería, ante la ausencia de capital. Y bueno, ahí la cosa empezó a moverse, a organizarse poco a poco. Después tocó mudarnos de nuevo porque la especulación inmobiliaria nos sacó del local anterior en el que estábamos. Y nos vinimos a uno más chiquitico pero más a gusto.

¿Y la editorial nació junto con la librería o se sumó después?

El proyecto editorial lo montamos hace más o menos tres años. En realidad no es el mismo proyecto que la librería sino que son dos cosas que se complementan y se nutren. La editorial es un proyecto prácticamente reticular, que no busca generar una línea, sino simplemente ir viendo lo que se va generando y las inquietudes que vamos teniendo. Editamos lo que nos gusta, tanto libros de política, como infantiles o de transexuales. Ahorita vamos a sacar de crítica literaria, de ilustración, algo de anarquismo también. O sea, manejamos la perspectiva de editar lo que nos da la gana. En ese sentido hemos optado por considerar que no somos una editorial independiente.  Nos enmarcamos más en lo emergente. Esto significa que no estamos buscando cómo insertarnos sino cómo innovar. Porque la palabra independiente es una palabra muy heterodoxa, puede significar cualquier cosa, cualquiera puede ser independiente entre comillas. Preferimos enmarcamos más como emergentes porque lo que buscamos no es encajar y sacar un best-seller que venda diez millones de copias.

¿Y cómo se mueve un proyecto de esas características en el mercado del libro de Colombia?

Lo más complejo, que yo creo que se da en todos lados, es la distribución. Es algo que uno no tiene en cuenta, o es lo que menos tiene en cuenta, cuando saca la editorial. Y es lo más complicado, empezar a manejarse como proveedor, el tema de los descuentos, ir a cobrar, los días de cobro, etc.Featured image

¿Existen distribuidoras para proyectos independientes?

Acá no. Porque en Colombia la gente no lee. Hay un público lector muy reducido, más reducido que en Argentina. Entonces es complejo porque los porcentajes que se manejan en la distribución son muy chicos. Una librería se queda con el treinta y cinco o cuarenta por ciento del precio. Y en el caso de las más grandes con el cincuenta. Si uno quiere sacar buenos libros a buen precio y contar con un distribuidor que le quite un veinticinco por ciento, entonces hay que aumentar el precio un poco más. Nosotros en un momento intentamos hacer una especie de distribución más cooperativa, manejando un porcentaje menor, que era del diez por ciento. Pero la distribución requiere mucho trabajo y si lo que ganas es el diez por ciento, que puede ser un dólar, pues te gastas más yendo y viniendo de la librería. Y eso genera problemas, las personas que forman parte del proyecto no aparecen para cobrar, o aparecen cuando se les da la gana, no saben qué tienen y qué no tienen, se complican las rendiciones.

Y desde el punto de vista de la librería, cómo es la subsistencia, teniendo en cuenta que ustedes no manejan libros más comerciales, del tipo best-sellers o de autoayuda.

No, esas cosas no las tenemos por principio.  Yo creo que hay una diferencia entre los lugares que venden libros y las librerías. La librería es un sitio con libros y que es atendido por libreros. Los lugares que venden libros son negocios que pueden vender libros como vender fruta. Nosotros acá no vendemos Paulo Coelho, pero no porque creamos en la censura sino simplemente porque para nosotros no es buena literatura y no nos interesa. Además esas son cosas que se ofrecen en todos lados.

Pero se sostienen a pesar de no tener esos materiales.

Pues sí, damos la pelea. Y no estamos en situación de quejarnos, de hecho hemos crecido mucho. No nos interesa convertirnos en una librería grande, sino tener nuestra propia marca y estilo. Por eso decimos que somos la librería más rockera de Bogotá. Eso es lo que nos da un dinamismo y nos permite no cerrarnos. Acá vendemos desde libros de anarquismo a libros para niños. Y vienen los papás con los niños y vienen los abuelitos y también los jóvenes. Las relaciones humanas intervienen en el negocio, son parte de lo que hacemos. Pese a que esto no es ninguna cooperativa. Sabemos que es un negocio y tratamos de mantener la seriedad en el trabajo y entre nosotros.

Además de la librería y la editorial también tienen un costado activista, participaron en la organización de la Feria del Libro Anarquista. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fueron dos experiencias, una en Medellín y otra en Bogotá, las dos en el 2013. Esperamos que haya más en el futuro. Fue interesante no tanto por la cantidad de material, porque material anarquista acá no hay mucho editado, había más bien fanzines y ese tipo de cosas. Pero sí por el dinamismo que se manejó. Y que haya un espacio dedicado a la cultura libertaria fue muy positivo. En Medellín se hizo en un teatro y en parte de lo que ustedes llaman el conurbano de la ciudad, que son zonas de mucha conflictividad, muy golpeadas por el terrorismo de Estado y el paramilitarismo. En Bogotá se hizo en Ciudad Bolívar, que es también una parte del extrarradio de Bogotá, y en un centro cultural. Digamos que se trató de llevar la misma lógica en ambos lugares. Se trató de hacerla lo más amplia posible desde la concepción clara de que se trataba de un espacio anarquista, en el que estábamos proyectando una idea política. Y fue muy interesante porque creo que es la primera vez que se hace algo así en el país. Dio paso para que mucha gente empezara a editar y a relacionarse. Permitió también ver otras caras, romper con el círculo de las cosas hechas por los anarquistas para los anarquistas. Porque acá nos volvemos más papistas que el papa. Es como si tuviéramos el anarcómetro y como si hubiera saberes que sólo manejan los eruditos de la libertad. En esa medida, de ver caras nuevas, desmarcarnos de ciertos espacios, por ejemplo acá el anarquismo siempre se lo relacionó exclusivamente con el punk, yo creo que ha sido un proyecto que vale la pena volver a poner en marcha.

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Por último te quería preguntar cómo es la inserción de estos proyectos culturales alternativos o emergentes en el particular contexto político y social de Colombia.

Yo creo que ahorita estamos atravesando un proceso de transición política, que está signado por algo que muchas veces es común a los procesos de transición, que es la necesidad de mostrar un cambio aparente cuando en realidad no cambia nada. Digamos que el espacio de la cultura es muy importante en ese contexto. Yo no monto una librería de carácter exclusivamente anarquista por dos cosas, primero porque no me daría para vivir, tendría que trabajar de otra cosa y lo que yo quería era vivir fruto de mi trabajo y no fruto de un empleador. Y segundo porque yo creo que el conocimiento es cultura. Y es importante que la gente conozca y se acerque a otras experiencias, más allá de que estén de acuerdo o no. Eso permite por lo menos dar participación a la gente para transformar su realidad y la de sus entornos. El contexto aquí es muy complicado para los espacios culturales críticos. Nosotros pertenecemos a una sociedad que se ha interesado más por la guerra que por la cultura. Vivimos en un conflicto permanente que se mantiene desde hace décadas. En esa medida la apuesta por la cultura es una apuesta por cambiar las cosas. Y no solamente es nuestra pelea. Hay muchos otros proyectos que se dan, que son interesantísimos y que fueron muchas veces volteados por la represión, procesos de educación popular y de formación comunitarios por ejemplo. Pero la idea no es hablar desde la derrota sino buscar la manera de seguir haciendo las cosas y colaborar con los procesos afines. Por ejemplo albergando proyectos pequeños editoriales que no tendrían acogida en otra librería más tradicional. O formando parte de la asociación colombiana de libreros independientes, espacio donde compartimos algunas cosas y otras no, pero en el que nos parece importante participar para dar la batalla de manera grupal. Entonces, sí, la cosa está difícil, pero hay que mantener la brecha. Por un lado este es un país muy inculto y por el otro es muy culto desde el lugar de la cultura social, de la memoria y la historia colectivas. Entonces la idea es ver cómo se puede sumar desde todos lados, ya sea desde la calle, desde la cárcel o desde una librería.

– Dario Semino –

Fb de La Valija de Fuego: https://www.facebook.com/la.valijadefuego?fref=tsFeatured image

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