Historia del Pueblo Argentino

(Por Darío Semino)

En tanto que mFeatured imageétodo de interpretación histórica el marxismo, el buen marxismo, es esencialmente dramático. Y eso le pone onda. Donde otros historiadores exhiben acontecimientos el marxista expone oposición de fuerzas. Como un dramaturgo clásico, no puede narrar lo ocurrido sin el conflicto llamado lucha de clases. La historia no se mueve sin él como tampoco se mueven los personajes de una obra de teatro sin conflicto dramático. El relato es siempre el relato de una contienda y gracias a eso es más dinámico y entretenido que otras versiones. Historia del pueblo argentino, libro central de Milcíades Peña, es un ejemplo de esta lógica.

Pero en este caso la analogía teatral no se detiene ahí. El mismo Peña caracteriza su visión histórica como una visión trágica. Trágica, según él y según explica Horacio Tarcus en la introducción, en sentido hegeliano. Esto significa que ninguna de las grandes oposiciones en las que se jugó el destino del país presentaba una verdadera salida. Ganara quien ganase, unitarios o federales, Rosas o Urquiza, peronistas o antiperonistas el resultado iba a ser siempre negativo. No había salida porque ninguna de las clases dominantes involucradas en las luchas tenía el interés de llevar adelante un proyecto de país moderno. Todas lucharon en defensa de sus propios intereses, salvaguardando sus beneficios por encima del beneficio general. Ninguna de ellas fue profundamente progresista, ninguna fue realmente revolucionaria.

Esta visión hace que el libro de Peña sea un libro destructivo. Se trata de una obra escrita para demoler los mitos que en las diversas épocas intentan legitimar las falsas oposiciones que estructuraron la historia argentina. Peña escribe declaradamente en contra del revisionismo nacionalista, del marxismo oficial stalinista y del historicismo liberal. Su prosa es agresiva, erudita y contundente. Sistemáticamente ataca las diversas versiones, estrellándolas contra el muro de los registros históricos. Figuras como Puiggrós o Ramos son vapuleadas con una malicia metódica y, lo que es peor, fuertemente documentada. Desde la conquista española hasta el golpe del cincuenta y cinco no queda títere con cabeza.

Pero no solamente se trata de voltear prestigios intelectuales y próceres momificados sino de sacar a la luz las raíces materiales sobre las que descansan tantas falsificaciones. Gracias a esto el libro está lleno de observaciones cuya actualidad eriza la piel. Por ejemplo, una de las consecuencias del desarrollo desigual de la Argentina es la naturaleza de sus partidos políticos. En las últimas décadas del siglo XIX los intereses de los diversos sectores dominantes coinciden en la estructuración de un país productor de alimentos y materias primas para el mercado mundial, estructuración sostenida por el capital extranjero, en esa época el inglés. Esta sociedad sin industria no produce técnicos ni ingenieros sino abogados. Más abogados que pleitos. El excedente de leguleyos encuentra su ubicación en la política. Los partidos políticos que nacen no representan verdaderas oposiciones de clases como lo harían en un país con un desarrollo industrial propio, sino que devienen en estructuras autónomas que buscan su propia conservación. A mitad del siglo XX, para referirse a la realidad de fines del XIX, Peña escribe palabras que parecen hablar de comienzos del XXI: “Los partidos políticos buscan el triunfo electoral y el Estado como un negocio, como un medio de vida para sus clientelas. No representan los intereses de ninguna clase o sector de clase, aunque desde luego no pueden menos que reflejar y realizar la política de las clases dominantes”. (pag. 291) Páginas y páginas podrían llenarse con ejemplos como éste.

La similitud con la actualidad no termina en estos ejemplos puntuales. No hace falta ser demasiado sutil para percibir una triste continuidad entre las falsas oposiciones que según Peña moldearon la historia argentina y el contexto político de los últimos años. De esto se desprende una última consecuencia de la obra. Esta consecuencia final es a la vez necesaria y peligrosa. Historia del Pueblo Argentino es un libro decepcionante. No porque la obra en sí lo sea sino porque su material de estudio lo es. En la medida en que sirve para disipar mentiras esta decepción resulta necesaria, pero también resulta demoledora a la hora de estructurar un proyecto de vida en un contexto que parece imitar las máscaras del pasado. Y la verdad es que el hecho de que el autor se haya suicidado a los treinta y dos años no ayuda mucho. Este es el principal problema que plantea la obra. No es un problema historiográfico, es un problema vital. Aplicar el esquema trágico al pasado histórico puede ser verosímil, pero cómo transitar el presente de acuerdo a semejante visión.

Al menos en este libro no parece haber una solución. Sí hay, en cambio, una respuesta posible en el destino editorial que tuvo la obra. Escrito a mediados de la década del cincuenta el libro entero vio la luz recién en el año 2012. Anteriormente se había publicado por separado en forma de libros autónomos porque la edición de la obra entera excedía las capacidades económicas de los editores. La diferencia entre la obra completa y sus partes separadas es sustancial. Sólo se adquiere consciencia de la visión dura, durísima, del autor con la lectura de todo el libro. No fue una época la que estuvo tensionada por una oposición sin salida. Fueron todas. La fragmentación de la obra diluye ese sentido, amortigua el trago amargo. A pesar de que su influencia se puede rastrear en la obra de varios historiadores, según cuenta Tarcus en la introducción, hasta ahora la circulación del libro fue fragmentada. Y en los últimos años fue casi nula porque hacía tiempo que los libros de Peña eran difíciles de conseguir. Arriesgo la posibilidad de interpretar ese destino de fragmentación y silencio editorial como un síntoma de la incómoda vigencia que mantuvo la obra a lo largo de los años.

La contracara de ese destino es el camino difícil, asumir la incomodidad que la obra genera y abrir, no “a pesar de” sino “con” ella, una grieta en la careteada de la historia. Lo angustiante es que el autor no arroja claves en ese sentido. Al final todo era mentira. La obra termina mal, es trágica. Peña plantea el problema, al lector le corresponde hacerse cargo.

peña

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Un comentario en “Historia del Pueblo Argentino

  1. no deja de ser amena sobre todo cuando en su narrativa encuentra uno datos históricos que de alguna manera nos dan una imagen de lo que el escritor quiso compartir, en todo caso, la lucha de los pueblos siempre se ha visto opacada por la falta de un ideal que beneficie a las masas, por siempre los partidos políticos y los grupos opositores se han encargado de dirigir los resultados muy a su conveniencia dejando los intereses nacionalistas en segundo plano.

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