Crónica sobre la pasada FLIA Oeste

Por Simón Ingouville

Con el fin de semana recién terminado, escribo desde el lunes a las 2:22 A.M. en el Centro Cultural Pachamama. Me tocó en suerte ir a la FLIa Oeste, 16 y 17 de marzo en plaza Cumelén, como bien dice la serigrafía en la espalda de la remera que todavía no he logrado tener. En fin, lo bien que me la pasé, caramba, lo enriquecedora y exitante que resultó, lo serena y quilombera. Todo eso es lo que quisiera intentar trasmitir aquí, en la menor cantidad de palabras posible.

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El viernes, la víspera, en La Libre inauguramos una muestra de grabados. A Javier Mascaró, referente entre tantos otros de la FLIa Oeste, justo le tocaba leer muy cerca de ahí. Y gracias a dios, que es todo, se pasó un rato antes de ir a leer. Entonces, con la Libre rebosante de arte y alegría, me entrevisté con este poeta en la cocina, mientras descorchábamos vinos para la muestra del primer piso. Ahí fue que profundizamos un cierto cariño, basado en conocernos las historias y entendérnoslas. De este modo vine a enterarme cómo se le dio por ser poeta. Esta es una historia que contaré miles de veces de aquí hasta que me quede mudo, porque así se hace. Los entero: Javier iba al secundario en Moreno, Merlo, o algún otro de los hermosos barrios occidentales. Un día a la hora de entregar una redacción que no había hecho, se puso a garabatear unos delirios en forma de poema sobre una lombriz que no quería ser usada de carnada. Y entregó. Para su sorpresa, y por genialidad de la maestra, a la hora de la devolución Javier tenía excelente nota y la maestra decidió compartirla con el resto de la clase. No puedo describir la sensación de nuestro héroe porque no la pregunté, pero sé que al resto de la clase le encantó, reían, lo cual es claro signo de sensibilización de algún tipo. Y sabemos que nuestro héroe supo leer ese placer social y entendió que ese era un súper poder que no debía dejar desaprovechado. A partir entonces el alumno Mascaró se dedicó a escribir esa poesía que hace reír y desconcertar al humano, hoy reunida en su libro Humor Subalterno.

Cuando corría su cuarto o quinto año de secundario Javier, a diferencia de tantos de nosotros, no sólo hacía sus primeras hazañas poéticas sino que además tenía padres superactivos que tenían un gimnasio y no conformes con eso estaban desarrollando un instituto de formación de algún tipo. Y tan bien les iba y tantas cosas tenían ganas de hacer que dejaron el gimnasio en manos de su primogénito, nuestro héroe del momento. A los diecisiete, el muchacho se tuvo que hacer cargo de un gimnasio que andaba bien y ya que estaba se metió a estudiar para profe y a levantar pesas. Además el hombre estaba enamorado, de Vanesa, con quien hoy tiene dos hermosos hijos y dos hermosas perras y una hermosa casa. Pero por esa época tenía sólo poemas de amor, y ahí vertía su miel letrada. Miel que no perdía densidad en su vida, y no sé si fue antes o después de conocer la FLIa Capital que se dio cuenta que por muy bueno que fuese levantando pesos, él quería levantar alegorías, palabras, poemas; simbólicamente y para siempre. Entonces, sin abandonar obligaciones en el gimnasio familiar pero dejando de levantar peso, y ya definitivamente enterado de las FLIas, se puso en campaña para levantar una FLIa Oeste. Por algún lugar había que empezar, entonces se fue a Casa Frida, punto cultural neurálgico de un oeste que si ya no es el agite que era, al menos lo tiene latente. Y vaya su sorpresa, o todo lo contrario, cuando lo fue a sugerir y se lo sugirieron primero desde el lugar. Típico de la FLIa, cuando tiene que cuajar, cuaja.  Su amigo sincrónico era Fer, filósofo natural y formal y agitador cultural de Ituzaingó. Y aquí no se bien cómo entra Nico Trigo que durante años movió el Bosquecito con su compañera Luz, otro nodo clave de la red. Ellos tres representan para mí el núcleo duro de la FLIa Oeste. Obviamente también, como toda FLIa, hay un incalculable número de personas y personajes que la hacen ser lo que es. Además, claro, del cuantioso público.

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Bueno, retomando. Ese viernes después de que Mascaró recitó, nos subimos a su auto con la innumerable compañía de turno y nos fuimos pal Pacha donde había una fecha organizada por Diego Arbit, que nos entretuvo lindo como siempre. Al otro día, tras generosa comilona en La Libre, partí para el Oeste con el lujo de llevar a Guillo de Pósfay, con quien da tanto gusto ir conversando que uno se pasa, dando todos los giros que hay que dar. Cargamos el carromato gitano con millones de libros caballetes y tablones y salimos rumbo al Oeste, tarde pero seguros.

Cuando llegamos la situación era muy agradable: plaza, gente circulando, muchos desprevenidos felices como nosotros de encontrarse a la FLIa, vecinos contentos y colaborativos. En fin, una FLIa alegre. Hubo ventas decentes, hubo abundante intercambio, hubo la mejor onda con público y colegas. Para cuando ya el sol caía, mi puesto de la GITANA tenía abierta la barra del vermú. Cosa que no pocos de nosotros gozamos, especialmente un servidor, los vecinos de puesto y el escritor del Oeste German Amato, que no había montado puesto, pero, nobleza obliga, había pasado de visita con ukelele y acompañado por Cecilia Rial, alta laburante de la palabra del oeste, que está trabajando de sol a sombra en la edición final de la saga de Antiprincipito, luchando contra hombres de arena y payasos de la frontera, entre otras bestias de papel. Era un hermoso sábado, el cual estaba cerrando alta banda de tambores y vientos cuyo nombre no alcancé a escuchar. Sábado que además y por supuesto, había brindado todas esa pequeñas conversaciones con colegas y lectores, todas esas cosas que pasan en la FLIa, todas esas humoradas, pensamientos que, por pequeños, espontáneos e intransferibles, no podré contarles pero hacen de las FLIas lo que son y que por más que los olvidemos, nos transforman de modos que ni llegamos a percibir, que giran el timonel de nuestros cada vez más alegres destinos.

Terminada la jornada, las opciones de alojamiento eran muchas. El oeste me abría sus puertas y confiado fui el último en cerrar el puesto, como siempre. El enorme peso de mi oferta gitana, mi estabilidad (que me hace quedarme donde estoy contento) y la concurrencia del vermú, así me dejan, donde estoy. Gracias a dios, que es todo, cuando ya tenía casi todo guardado, vino un muchacho que paraba ahí en la plaza, a querer comprar un vermú, y yo que soy una puta con suerte, bajé la heladera y se lo hice con ganas. Y él, con ganas, me ayudó a guardar los tres tablones y los cuatro caballetes en lo de un vecino que amablemente nos los tuvo hasta el otro día.

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Matu Kocens, enorme escritor fliero del oeste, me había invitado a dormir a su casa, con Guillo y cuatro hermosas señoritas. Me había anotado su dirección en un papel que perdí a la hora de encarar, y ya que estaba perdido, pensé que necesitaba algo más sereno, como la invitación que me había hecho el héroe del comienzo de ir a su casa a cenar en familia. Tenía su número, lo llamé. Me dio coordenadas, encaré. Llegué y en la puerta él y su hija me esperaban. Pasé. Qué calor de hogar, qué mansa producción. Conocí su hogar, El Refalón, que es la editorial/imprenta del oeste. ¡Qué lindo! Picada, pizzas hogareñas. Y vinieron Nico Trigo y Luz a cenar. Y qué bien nos la pasamos. No hay cómo contar un clima, pero valga decir que demasiadas veces durante esa noche, agradecí a todo lo que es “el estar aquí y ahora”.

Invitado a dormir en lo de Javier y Vanesa y también a lo de Luz y Nico, tuve que optar por lo de Nico y Luz. Porque, como bien dijo Javier, entre lo bueno y lo bueno, dan ganas de conocer. Y lo de Javi estaba fabulosamente conocido. Y, además, la historia del Bosquecito, hogar de Luz, Nico y mucha de la cultura de Merlo, parecía fascinante. En el Bosquecito y de noche, los chicos me hicieron una hermosa cama de sábanas impecables, bolsa de dormir y una colcha de mamá. Además me dejaron viendo la peli de Sherlok Holmes con el churro de Robert Downey jr, cuyo personaje es un falopero como los mejores flieros, falopero de cosas aun no prohibidas y fascinado por los misterios, con una enorme capacidad de saber y otra muy grande de sentir semi-obstruida por los avatares de la vida. Bue, me quedé dormido con esta conclusión a los 22 minutos de película. El descanso del guerrero.

A las once me desperté con los amos (de amor) de casa trajinando lindo. Un mate, una mañana, un jardín brotando. Y aquí vale la pena mencionar la situación de ese predio. Hace seis meses lo que era un bosque y una casa/centro cultural llamado El Bosquecito se quedó sin techo y sin bosque en un huracán que duró cinco minutos. Como casi toda la zona, quedó hecho destrozos. Pero bueno, quien no se resiste a las circunstancias tiene solo posibilidades. Y así, lo que era un suelo oscuro, un sotobosque anegado, se transformó en tierra soleada, en la cual crecen las cosas como si se tratase del Quintal de José Arcadio Buendía. Y lo que era una casa italiana de cielo raso se convirtió en un enorme Galpón de Trigo y Luz. Todo con su merecido esfuerzo, por supuesto, todo con su aprendizaje y la innegable mano de la naturaleza que da y toma tan generosamente. ¿No?

Pero bueno, por muy lindo que la estuviésemos pasando en el quintal por la mañana, teníamos muchas ganas de empezar el domingo de FLIa. Entonces partimos, ellos en bici y yo en el carromato gitano. Y me fui paseando, por el oeste, y di, cientos de cuadras después, y habiendo casi chocado de frente con Sabattella, el intendente más reputado de la historia oeste, justo justito con la FLIA. No sin antes haber conseguido una recarga de ingredientes para los vermuses, fiambre fino y pan en promoción y pilas para el Megáfono. Nota: Toda FLIa debería tener, casualmente, un megáfono, es que a veces hay cosas que comunicar y el voceo necesita ayuda.

Al llegar, a eso de las 12 y 22, el ambiente estaba divino. Muchos puestos ya armados, los vecinos organizando parrillas y termos de agua pal mate, la muchachada contenta de recomenzar otro día de FLIa.  El vermú, según parece, es contagioso, había pegado y varias puesteras, representadas por la Flora, Fauna y Vale iban y venían buscando Amargo Obrero, Cinzano, tónica, hielo y corazón de alcachofa que es sinónimo de espíritu. La hora del vermú es a la caída del sol de lunes a sábado y los domingos es antes del asado. Eso rima, ¿no?

Dios, que es todo, quiso que tuviese la suerte de que Luz y Trigo armasen puesto a mi derecha, y que a mi izquierda armase el genial Dibiajante, alias Nicolás Masllorens, quien tuvo la extraña suerte de no vender nada. Un misterio. Y dios, que es todo, mediante, también habíamos traído una pelota naranja y desinflada en su punto justo. La alegría estaba dando vueltas, como jugando al loco, al punto que hasta una vecina, que salió de un primer piso a pedir que no le rompamos las ventanas tenía su gracia. Confirmando a tal punto la buenaventura del Oeste, que sabe elegir a sus poetas que saben hacer su FLIas para las cuales saben elegir sus plazas.

Enseguida, ante tanta alegría se vieron atraídos los botones. Y no estoy hablando del botón del saco verde escocia que se le perdió a Sofi Lino en la lucha amorosa a la tarde para después, graciosamente, aparecer en el pasto. Estoy hablando de los botones pagos y uniformados que, a expensas del pueblo, vienen a defender, burocracias y teléfonos descompuestos de por medio, lo que todos estamos compartiendo. Es un clásico. Da gusto verlo: ellos vienen con alguna exigencia ridícula y la lógica amorosa de la FLIa la desarma vía diálogo y humor. Luego, ellos dejan su extraña imposición en el aire. Entonces la FLIa (en este caso vía megáfono) se llama a asamblea y amorosamente le hace una autopsia al anquilosado reclamo para concluir que no sólo es una falacia sino que además tiene errores gramaticales, emocionales, barriales e institucionales. Y que lo mejor que se puede hacer es chistes e ignorarlo. Al final, todos contentos, incluso, creo yo, los representantes del error, que se pudieron dar el gusto de decirle a sus superiores que le digan a sus superiores que vengan ellos personalmente a intentar decirnos sus incoherencias.

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Al rato, la FLIa funcionaba mágicamente. Las primeras horas de casi cualquier FLIa son una fiesta íntima, los puestos montados, los libros, las plantas, la comida, las artesanías y, en general, el fruto de nuestra labor al sol. Pero todavía el barrio estaba enterándose, desperezándose, y nosotros ahí, con tiempo para lucirnos, intercambiar, jugar a la pelota, dialogar entre nosotros. ¡ah! Fiesta temprana. Antes del posible éxito, sin contar con él. Entonces me puse tan contento que tuve que hacer un par de mortales para atrás.

Muchos más FLIeros habían venido el domingo, y el barrio también aportó más gente. Notable cómo pedían libros que habían pedido en el colegio, lamentablemente muchos estudiantes se fueron sin satisfacer sus necesidades curriculares. Aunque sospecho que muchos de ellos se llevaron alguna que otra sorpresa extracurricular.

Bueno, qué decir, cosas de la FLIa, una vez más, intentar volcar aquí el acervo de sucesos que se le ordeñan a una FLIa es como tratar de relatar la diferencia entre chupar una teta y tomarse un Actimel. Algún día lo intentaré, pero no tiene sentido. Además el calor y la algidez de las conversaciones que se dan en una FLIa, la intimidad y el nivel de confidencia pública y privada lo hacen a uno recordar códigos como el que dice “lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”. Pero hay cosas que vale la pena resaltar: se vendió bien, el público estaba feliz, la plaza hizo historia, los vecinos chochos, la plaza quedó impecable, quizá más limpia que al principio, y que como ayer, hoy y siempre, mis ganas de estar donde estoy hicieron que cerrase último, pudiendo atestiguar todo esto y habiendo organizado una cena en lo de Trigo y Luz con varios invitados notables. Al final total de todo, brindamos al cierre de una FLIa más, una FLIa menos, con el hermoso y desdentado Guilla y el Tuno. Cualquiera hubiera dicho, por como quedó la plaza, que ahí no había pasado nada y sin embargo, nosotros sabíamos entre todos, todo lo que había pasado.

Y partí, una vez más, hacia lo de Luz y Nico Trigo, masticando la alegría del deber cumplido, de haber hecho una vez más la confusión fabulosa de trabajo y placer que ya es todo un logro. Pero además sabiendo que éramos sumamente contagiosos, limpitos y felices y tratando de entender cómo y porqué, para después simplemente relajarme y gozarlo. Y acordarme que al mismo tiempo, como quien no quiere la cosa, nos disponíamos a olvidar los logros para poder disfrutar del próximo suceso. La cena.

Al llegar a lo de Nico Trigo y Luz, ya habían llegado todos, desenvolvimos lo que cada uno había traído casualmente. Teníamos una picada mogólica en su capacidad de dar amor y placer, y entonces, seguimos. Y aquí los dejo, gozando de la comida, la compañía, el ukelele, la mística, las brujerías de la noche entre feriantes amorosos y tal y tal.

Hasta la próxima FLIa

Gracias.

Simón.

Más data de la FLIA Oeste en: http://fliaoeste.blogspot.com.ar/

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