Luis Tedesco, el ciruja del idioma

Una lectura de Hablar mestizo en lírica indecisa, de Luis Tedesco (Ediciones Activo Puente)

Por Darío Semino

Es posible que no exista, ni pueda existir por ahora, un canon para la poesía argentina actual. Y que el panorama que se forma a la hora de intentar ordenar los nombres que la componen sea parecido a un territorio habitado por diversas tribus, unas más grandes y otras más chicas, de lectores que se reúnen alrededor de uno o varios poetas a los que escuchan y leen como a chamanes al calor del fuego. Como muchas de estas tribus son nómades es muy difícil, sino imposible, establecer comparaciones jerárquicas, cruzar relatos o inclusive saber la cantidad de integrantes que cada una posee. Lo que sí resulta posible es meterse en el deambular colectivo para ir conociendo de a poco a los protagonistas, porque si bien nadie conoce la totalidad, cada lector conoce a otro lector o a otro poeta. Y así uno pasa de una lectura de poesía en un centro cultural a otra lectura en una librería, en la cual conoce a un loco que edita una revista de poesía hace veinte años y que a su vez nos presenta a otro, más loco aún, que edita libros de poesía  y que es íntimo amigo, por ejemplo, de un viejo poeta genial que vive recluido y tomando vino en algún rincón del país. En esa deriva plagada de locos, pedantes, genios y chantas la obra de Luis Tedesco es una de las mejores cosas que se pueden encontrar.

Nacido en 1941, Tedesco tiene una extensa trayectoria como editor que a lo largo de los años fue enhebrando con su obra poética. Yo mismo lo conocí primero en su rol editorial, cuando buscaba la forma de editar mi libro de poesía, y a partir de ahí me vinculé con su obra. Sencillo y complejo a la vez, con cáscara de viejo malhumorado y pulpa de insobornable buen tipo, Tedesco suele ser caracterizado como “una de las voces más personales de la poesía Argentina”, lo cual, si bien es cierto, puede ser una forma de no decir prácticamente nada. La idea de este artículo es tratar de presentar una entrada posible en esa voz tan personal, tomando como eje su último libro. De antemano aclaro que hay varios aspectos que ocupan un lugar importante  en la estética de Tedesco y que no van a ser tratados aquí. No pretendo realizar un análisis integral sino concentrarme en algunos puntos específicos que constituyen en gran medida la originalidad de la obra en cuestión.

En primer lugar hay que señalar una característica que en un libro de poesía es bastante inusual, esta es la extensión. “Hablar mestizo…” tiene poco más de cuatrocientas cincuentas páginas. El libro está divido en ocho partes que perfectamente podrían ser, por su consistencia y extensión, ocho libros separados, especialmente si tenemos en cuenta lo breves que suelen ser los títulos de poesía cuando no se trata de compilaciones, antologías u obras completas. “Hablar mestizo…”, entonces, es un libo que acompaña al lector durante varios días, que va decantando de a poco. Y ese efecto no se produce solamente por la cantidad de páginas sino también por la naturaleza del estilo poético, por la complejidad que tiene el autor de trabajar con el idioma. Pero antes de meternos de lleno en ese punto veamos qué es lo que el propio Tedesco dice al respecto:

“A mí las palabras me dan miedo, las vapuleo, sacudo la hojarasca crujiente de sus sílabas; las palabras se sirven de mí, son las damas de mi mente. Es decir, yo escribo en esa “puta lengua materna” que me precede —¡en tantos siglos me precede!—, resbalosa de donaires, dura de entrepiernas, posesiva, lujosa, barroca, sucia de alternar en los quilombos, retorcida y carcelaria, mestizada por el indígena y el cabecita. Mezclar y que la materia se desbande. No filosofarla. No psicoanalizarla. Pura métrica jadeante. En ese idioma intenté escribir Hablar mestizo en lírica indecisa.”[1]

En el párrafo citado asoma, aunque sin llegar a hacerse explícito, uno de los ejes que puede servir de puerta para entender esta poesía. Vapulear las palabras, escribir en una lengua dura de entrepiernas, mezclar y que la materia se desbande, no filosofarla. Paradójicamente el poeta exhibe aquí su propia filosofía materialista. Porque envuelta en una corteza de cosas simples y bellezas cotidianas, de lenguaje enrevesado, de broncas ideológicas, recuerdos y personajes marginales, la poesía de Tedesco es poesía de la materia como ninguna; con las raíces bien hundidas en el materialismo antiguo, de hecho Demócrito, Epicuro y Lucrecio rondan por su libro anterior “Lomas del Mirador”.

Este mundo poético, entonces, es consistente, lleno de cuerpos, hasta de comida. La sombra de Epicuro aparece atrás de la fascinación por las cosas simples y buenas, como el mate y la galleta, el puchero, el consuelo cotidiano de los pobres.

“Apio nuez ajo almendra perejil / huevo aceite morrón carnaza albahaca / lave corte cuele refrite bata / cocine a fuego lento saborice // lo bueno de la vida, Catalina, /es mezclar la materia disuadirla /penetrar su pureza cincelar/…”[2]

Sin embargo también aparecen el desborde, lo sucio y obsceno, la lujuria.

“…/ Es viernes, madam, vengo a remediarme, / la plata sólo sirve en el quilombo. / Véala por ahí, en los divanes, /apenas de tanguita mi sanguanga / me envara hasta las muelas que no tengo. / Deme un turno, no más, es suficiente,/ me la relamo toda y su perfume /se hará manjar de boca en la semana/…”[3]

Y todo esto está trabajado en la exuberancia del castellano. Un castellano único, que va desde el tango, el lunfardo y la gauchesca hasta el Siglo de Oro español. Al final del libro se citan varios títulos de diccionarios que fueron consultados durante el proceso de escritura[4]. Casi todos estos títulos son compilaciones de lenguajes marginales. Como un ciruja, Tedesco recorre los arrabales del castellano recolectando expresiones viejas, fuera uso, que reutiliza y mezcla a su gusto. Por las calles de sus poemas se pasean los compadritos, los pícaros, las putas, los gauchos, los inmigrantes, los cabecitas negra, los indios; en fin, todas las voces que llenaron el idioma de mugre y cicatrices.

Y en este punto se encuentra el aspecto más interesante. Porque esa forma de trabajar con las palabras hace que el lenguaje mismo se haga materia. La lectura de “Hablar mestizo…” genera por momentos la sensación de que las palabras se levantan sobre el papel como si formaran un escorzo. Este efecto tridimensional, de cosa que se puede palpar, es la consecuencia de los distintos niveles de extrañamiento que generan los términos empleados. Porque aquí hay palabras que uno reconoce y utiliza, otras que le suenan aunque no termina de saber lo que significan y otras que son totalmente desconocidas, al punto de no saber si realmente existen.

“… Utela de visantes mi vasido. Tulipa esmero con zumozo zuardo.  Mi fuño garla, su gasusa trisca.”[5]

Al mismo tiempo hay una permanente alteración de la ortografía que producen la simulación de la oralidad y el habla callejera (supresión de la “d” final y desplazamiento de la tilde, por ej. mismidá, quietú; reemplazo de la “ll” por la ”y”, las “z” vueltas en “s”, ej. beyesa) como así también los juegos vanguardistas (sustantivos que se verbalizan, ej. sonrizar). Todo esto nos obliga permanentemente a fijarnos en el idioma como cosa en sí. Se trata, claro está, de una escritura que le amaga al barroco. Pero este barroco no es el barroco del laberinto, ni siquiera el del juego de espejos. Es más bien un barroco materialista, de la voz que se oculta en su maleza, que busca opacar las palabras para mostrarlas como significante modificado, como cuerpo de sonido y tinta.

Si se genera este efecto es porque Tedesco no se conforma con el aspecto referencial del lenguaje, sino que necesita algo más, algo que no puede terminar de decir o explicar, justamente porque para explicarlo tiene que apelar al lenguaje como referente de conceptos.

“La palabra sucio no es lo sucio, la palabra alma no es el alma. Yo necesito más, necesito coraza, ropón, embutirme en doble profiláctico de la cabeza a los pies. Esto que digo, por ejemplo, me pone de manifiesto, me deja a mercé de la sangría. Yo necesito más, una jerga, o, mejor mezcla de jergas, eso necesito. Decir lo que tenga que decir pero en un idioma contrahecho, abusivamente desgajado, un idioma que se niegue a la lectura de corrido. [6]    

No se leen de corrido estos poemas como no se pasa de corrido la mirada por un cuadro de Lucian Freud, uno se traba con la densidad, tropieza con el verso amontonado, lleno de huecos, durezas y zonas blandas que chorrean. La comparación con el pintor no es azarosa. Ambos artistas realizan en distintos códigos la misma proeza, están movidos por la misma necesidad. “Quiero que la pintura sea carne”, es la frase más conocida de Freud, quien fue célebre por trabajar en jornadas terriblemente extensas con sus modelos. La paciencia puesta en cada trazo del pintor remite a la paciencia del poeta que se pasa varios años hurgando en los diccionarios, creándose una erudición propia. Más allá de todas las diferencias que pueda haber entre uno y otro, siento que ambos buscan lo mismo. Los dos trabajan el exceso de un modo parecido, buscando una saturación que termina por hinchar el significante hasta convertirlo en significado.

La aventura poética de Tedesco consiste en realizar ese viaje extenso y metódico por el idioma, perdiéndose a veces en sus porosidades, para volver al punto de partida: el resplandor de las cosas más simples. Porque su materialismo, más que una posición filosófica es el resultado de una visión simple y desesperanzada del mundo. Es el materialismo del tipo que no se atreve a pensar o que no conoce nada que esté por fuera de su experiencia diaria. Y que por no tener nada del otro lado de la vida se aferra a las cosas buenas que conoció de este lado. Es el materialismo de la resignación y el cansancio.

“Pobreza nos confirma, Catalina, / la golosa virtú de nuestra vida. / La mesa, la catrera, el nido guacho, / el sincero desmayo de las noches, / nada heredamos, nada dejaremos,/…”[7]

Los poemas dedicados a sus padres, a su hermano, junto con aquellos que le dan voz al deseo de algún pobre tipo anónimo pero reconocible, representan los momentos más elevados y conmovedores del libro. El barroco, su propia versión de barroco marginal, es la forma que el autor encuentra de darle cuerpo a esas impresiones fugaces, a esas voces sin gloria ni heroísmo.

Por último queda señalar un elemento más, sin el cual toda la mezcla que estamos describiendo no terminaría de coagular. Tedesco tiene una maestría envidiable a la hora de definir el ritmo de sus versos. Sabe muy bien dónde cortarlos, nunca le quedan cortos ni largos. En esa precisión se ve su conocimiento de la métrica, su cariño de artesano por el aspecto más técnico del trabajo poético. Cariño que, lamentablemente, cada vez escasea más en los poetas más jóvenes, generando la idea de que alcanza con cortar una frase en cualquier parte para obtener un verso. A Tedesco, en cambio, la métrica precisa le sirve para definir el equilibrio entre el desborde y la mesura. Gracias a esto su poesía puede jadear, sórdida y tierna a la vez, como el  cuerpo de una mujer vulgar, entrada en carnes y años, y aún así sensual, llena de deseo, sugerente y hermosa…

Algunos poemas de Hablar mestizo en lírica indecisa:

Pag. 96
Soñemos yo era algún cacique

vos la casta cautiva calentona

érase la pampa el fortín la peste

invasora del ejército érase la cruz

entre vos y yo el ansia redentora

soñemos pintarrajeado iba mi cuerpo

jinete en el bastión de tu blancura

tan erectas tus tetas en mi espalda

tan bramido tu vos en mis orejas

la toldería en yamas

y nuestro fuego dentro

brasas en lo chiquito de la patria

Pag. 106

Cada día y cada mes de cada año,

lentamente mi cara se parece

a la cara de viejo de mi padre,

la cara de papá cuando moría.

Pag. 381
Taciturno miro

el culo de mi gorda,

tantos años de biaba con la suerte,

tan engrosao su escurrir de falta,

como medialunas asomaban

firmes sus nalgas milongueras,

tibiecita su zanja entre mis manos,

radiante mientras hubo fantasía,

también yo, estropeado

por la hechura del mal,

comparto su trajín en  la pobreza,

el temporar viscoso de la vida.

Pag. 336
Me figuro su contento, patrón,

usté en el que dicen que es usté,

sus cosas son sus cosas, usté manda

en lo suyo, en sus dominios usté

designa, estipula, somete, anula,

usté transa su propia circunstancia.

Me figuro, patrón, sus esplendores:

casa, coche, bulo, cantri, borregas,

wiski, cenas, vacaciones, champán,

viajes en el placer interminable.

Cualquiera en su lugar, cualquier chabón

haría lo que usté, masacre y leyes

pa´defender lo suyo, pa´salvar

lo que dicen, patrón, es su apetito.

Pag. 109
Jugamos con mamá, como nunca antes

jugamos con mamá a las palabras

en árabe, en tano, en argentino,

yo digo chabón, ella dice sharmut,

yo digo stronso y ella se ríe

como debió reírse de chiquita,

como muchas veces se rió de grande

ante el sonido cómico, metafórico,

de lo real profanado de espesor,

mamá es muy anciana, muy dependiente,

eso de jugar y reír con las palabras

es bueno, es como si aun maniatados

algo de nosotros piruetase espiritual,

como si fuéramos, de pronto, un poco más

que piel ajada, que la liviana corteza

del corazón, del cerebro, del mucho dolor,

del cuerpo en el mandato que da muerte.

Pag. 111
Después de cada paso

mamá se detiene,

tomada de mí, apenas erguida

atraviesa el vano de la puerta

y charla, eso puede, con sus plantas,

cuánto verde, cuánta maleza, dice,

el yuyo no se cansa de morir,

crece a la bartola, pero crece,

rezonga mientras mira fijamente

el cantero, la senda, las macetas,

la tierrita que yace dando vida.


[1] De la entrevista “Luis Osvaldo Tedesco – Rehenes de lo viable”, de Roxana Artal. Publicada en http://www.evaristocultural.com.ar/-%20EVARISTO%20Nro.%2008%20-/tedesco.htm

[2] Pag. 70

[3] Pag. 126

[4] Los títulos de las obras consultadas son: “Diccionario de expresiones malsonantes del español”, “Diccionario del español equívoco”, “Léxico del marginalismo del siglo de oro”, “El lenguaje de los maleantes españoles de los siglos XVI y XVII”, “Floresta de poesías eróticas del Siglo de Oro”, “Cancionero de Juan Alfonso de Baena”, “Nuevo diccionario lunfardo”, “Vocabulario y refranero criollo”.

[5] Pag. 198.

[6] Pag. 197.

[7] Pag. 86.

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