La sociedad del espectáculo

La sociedad del espectáculo

Guy Debord

La Marca Editoria 

Por Darío Semino

Nadie negaría, a la hora de hacer un análisis mínimamente razonable de la sociedad actual, el lugar preponderante que ocupan en ella los medios de comunicación, la publicidad o el cine. Ningún intelectual de izquierda, ni nadie que tenga una mentalidad crítica, se atrevería a desconocer el papel protagónico que esos dispositivos tienen en la dominación actual de las subjetividades. Por todo ello sería razonable deducir que un libro como “La sociedad del espectáculo”, publicado en 1967, formaría parte de una especie de biblioteca básica del lector crítico. O por lo menos se podría llegar a pensar, teniendo en cuenta sus momentos de hermetismo teórico,  que es uno de esos libros más comentados que leídos, siempre citados y jamás comprendidos que forman una suerte de biblioteca fantasma en la mente de esos lectores. Mucho más si se tiene en cuenta la inclinación argentina hacia el pensamiento europeo, principalmente el francés. Dicho de otra manera, uno podría pensar que la “Sociedad del espectáculo” ocuparía un lugar parecido al de “Vigilar y castigar” de Foucault o a “Mil mesetas” de Deleuze y Guattari en nuestro panorama de lecturas. Sin embargo no es así. Debord pasea por nuestra memoria de autores conocidos de forma nebulosa, como si fuera el amigo de un amigo del que no recordamos el nombre. Cosa que no deja de ser llamativa si se piensa que fue el primer pensador en meterse de lleno en el aspecto espectacular de nuestra cultura. En este punto resulta tentador establecer una relación causal entre el desconocimiento general sobre la obra de Debord y el potencial subversivo que la misma tiene. Según esto Debord podría ser un pensador ocultado por las mismas fuerzas que él descubrió, las fuerzas del espectáculo. Y nos situaría a nosotros, en tanto que lectores de su obra, como los descubridores de su peligroso secreto. Este proceso es muy tentador y más de un intelectual crítico de hoy en día hace uso y abuso del mismo. Descubrir genios malditos y escondidos, ya sea en el arte o el pensamiento, es un lugar común, cuando no un negocio, de nuestra época. Y Debord puede calzar bastante bien en el molde. Alcohólico, revolucionario, suicida, francés, bohemio y vanguardista, poco esfuerzo hace falta para construirle un perfil romántico que oculte su potencialidad y lo transforme en una imagen más perdida en la deriva del consumo mediático. Pero por suerte para Debord su libro muy difícilmente puede convertirse en mercancía de venta fácil. Y esto ocurre principalmente porque “La sociedad del espectáculo” no es fácil de leer.

El libro está dividido en nueve capítulos que abordan desde un punto de vista teórico la naturaleza de la sociedad espectacular, junto los con los procesos históricos que llevaron a la conformación de su estructura, desplegando también un análisis crítico de las experiencias revolucionarias del pasado. Asimismo cada capítulo está conformado por fragmentos breves llamados tesis. Esa estructura fragmentaria facilita a la vez que dificulta la compresión del texto. La facilita porque permite obtener un contacto rápido con los conceptos, como si las ideas estuvieran agazapadas en esos párrafos breves, listas para saltarnos encima en el instante en que le pasamos la mirada por el lomo. Y la dificulta porque nos quita la oportunidad de una aclaración posterior, cuando el estilo, al fin y al cabo Debord es un pensador francés, se vuelve demasiado críptico no hay glosas posteriores que nos salven. Por suerte los momentos de hermetismo conviven con algunos núcleos de una claridad y una precisión perturbadoras.  En su conjunto el libro se despliega, al menos para un lector no especializado, como un claroscuro en el cual las zonas de penumbra incitan a la relectura.

Dada la complejidad del libro resulta difícil realizar un resumen de sus planteos. Cada tesis puede servir como un disparador para encarar un análisis del tema que aborda, todas son en cierta forma extraíbles, poseen una autonomía que les permite funcionar asiladas sin por ello dejar de ocupar un lugar coherente en la totalidad de la obra. Copio a continuación la tesis 43 para ver más detenidamente este funcionamiento.

43. Mientras que en la etapa primitiva de la acumulación capitalista “la economía política no ve en el proletario sino al obrero” que debe recibir el mínimo indispensable para conservar su fuerza de trabajo, sin tenerlo en cuenta jamás “en su ocio, en su humanidad”, esta orientación de las ideas de la clase dominante se invierte tan pronto como el grado de abundancia alcanzado en la producción de mercancías exige una colaboración adicional del obrero. Este obrero, súbitamente redimido del desprecio total que le notifican con claridad todas las modalidades de organización y vigilancia de la producción, fuera de ésta se ve todos los días tratado aparentemente como una persona importante, con solícita cortesía, bajo el disfraz de consumidor. Entonces el humanismo de la mercancía toma a su cargo “el ocio y la humanidad” del trabajador, simplemente porque ahora la economía política puede y debe dominar estas esferas como economía política. La “negación completa del hombre” ha tomado así a su cargo la totalidad de la existencia humana.

La elección del fragmento no es azarosa ya que entiendo que el mismo puede servir para situar y empezar a entender los problemas que Debord está encarando. Aquí se señala con toda claridad el momento histórico que está siendo pensado. Ese momento está caracterizado por el pasaje o la transformación del obrero en consumidor. El proletario que era el sujeto revolucionario debido a las condiciones miserables a las que lo condenaba el sistema pasa a ser tenido en cuenta cuando el sistema necesita reubicar la abundancia de mercancías que produce. Esta transformación posiblemente sea el proceso histórico más importante ocurrido en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí no se está hablando de otra cosa que de la consolidación de la clase media, el Estado de Bienestar y el sueño americano como horizonte de los deseos individuales. Es el punto de partida de lo que llamamos sociedad de consumo.  El mundo se reorganiza ya no como un mundo de proletariado y burguesía sino como un mundo de clase media, en la cual todos, o por lo menos la mayoría, tiene una dosis razonable de acceso a los bienes materiales mediante el ejercicio del consumo. Sin embargo este proceso de integración se produce sólo en apariencia. Si el nuevo consumidor es el viejo obrero susceptible de rebelarse entonces es necesario desarrollar dispositivos que contengan ese potencial. De ahí la importancia capital de hacerse cargo del “ocio” del trabajador. Mientras que los obreros del primer capitalismo luchaban por conquistar el tiempo de ocio que la explotación les negaba, los consumidores de la segunda fase nacerán ya con la porción de ocio garantizada de antemano. Y el espectáculo será la forma de controlar ese ocio. En la Tesis 6 Debord afirma que: Forma y contenido del espectáculo son, idénticamente, la justificación total de las condiciones y fines del sistema vigente. El espectáculo es también la presencia permanente de la justificación, en tanto colonización de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna. 

Lo que resulta sorprendente en Debord es la lucidez de entender la naturaleza de un proceso en el mismo momento en el que está ocurriendo. Aunque su mundo no sea el nuestro, aunque en la década del sesenta todavía existía un proletariado industrial palpable y una presencia política insoslayable del marxismo tradicional, Debord parece estar hablando de nosotros. Muchas de las afirmaciones que realiza en 1967 no solamente se ven confirmadas sino también intensificadas en el mundo de las décadas posteriores. El despliegue desmesurado de las industrias del entretenimiento, la omnipresencia de las pantallas en la vida cotidiana, el poder en apariencia absoluto de los medios de comunicación y la mera existencia del mundo virtual son realidades innegables que se interponen permanentemente en nuestra experiencia y que parecen desprendimientos de las ideas de Debord. Que “La sociedad del espectáculo” parezca estar interpelándonos permanentemente no es una prueba del poder profético de su autor sino una demostración irrefutable de que las estructuras de poder que operaban en su mundo siguen operando en el nuestro. Y de que él entendió perfectamente bien cómo se mueven.

Si lo que ocurre en nuestro mundo es que Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación (tesis 1), entonces es imposible seguir pensando ciertas categorías críticas del mismo modo en que se lo hacía en la época anterior al espectáculo. Más allá de las coincidencias o desacuerdos que se puedan tener con él, todo pensamiento que intente realizar un análisis crítico de la sociedad espectacular inevitablemente tendría que pasar por Debord. Ya no se puede pensar, por ejemplo, la alienación en los términos en que se lo hacía en las primeras décadas del siglo XX. La experiencia de la vida es otra y la dominación de esa experiencia se da bajo otros signos. ¿Cómo hacer para luchar contra esta nueva dominación? Es la pregunta que Debord intentó responder con su vida y su obra, las cuales no se limitaron a la especulación teórica sino que se desplegaron entre la creación cinematográfica, la agitación vanguardista y principalmente la participación en el grupo conocido como Internacional Situacionista. El momento de mayor repercusión tanto de los situacionistas como de sus ideas ocurrió en 1968, con el Mayo Francés. Sin embargo, como hemos visto,  la obra de Debord no se agota en aquel momento histórico, no se cristaliza en una postal de época sino que se desliza, a escondidas y latente, hasta nuestros días.

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