Charla con Tito Arrúa

Independiente, barroco y un poco científico.

Charla con el escritor y editor Tito Arrúa. El cultito, su primera novela, es un viaje iniciático, espiritual y villero, en el que un niño acompaña a su abuela durante un fin de semana a visitar el culto pentecostal.

Por Darío SeminoFeatured image

Debe hacer unos tres o cuatro años que conozco a Tito Arrúa. Como suele ocurrir con las personas a las que se encuentra en diversos eventos y reuniones, lo fui conociendo de a poco. En mis primeros recuerdos es una imagen difusa, como una fotografía fuera de foco que va agarrando nitidez con los encuentros, las charlas y las cervezas. Se puede decir que es un tipo tranquilo, con un tono de voz suave que nunca se desborda, modesto pero seguro de lo que dice, lleno de lecturas y anécdotas callejeras. Cuando leí su novela ya conocía la predilección de Tito por el barroco, lo que no sabía era que él podía escribir de esa forma tan particular, encontrando siempre la precisión en la abundancia. Por eso me pareció inevitable arrancar la charla por ese lado.

– Lo barroco es una característica muy notoria de tu estilo y también es una estética muy particular. No hay muchos escritores actuales que transiten esa línea. ¿Vos cómo llegaste a ella?

-Más que al barroco en general, podríamos decir que llegué al barroco americano. Sobre todo el cubano que es el que más me marcó. Básicamente Carpentier y José Lezama Lima. Y después hay otros casos, por ejemplo Reinaldo Arenas, que también en cierta manera formaba parte de ese grupo; después está la propuesta argentina de mi tocayo Néstor Perlongher, que es el neobarroso, que tiene un registro más poético.

-¿Te gusta Perlongher?

– Me gusta mucho, es uno de mis poetas favoritos, a lo mejor no tanto ahora pero en el momento en que lo leí me pareció muy interesante su trabajo, muy atinado. En general me gusta cuando se hace una utilización particular del lenguaje, cuando se lo hace ostensible. También me gusta mucho la literatura inglesa. Cuando lees traducciones de Conrad o de Henry James, se ve que los párrafos son elaborados y el lenguaje es muy prolífico, la metáfora resulta muy justa. Me parece que en esas traducciones de autores decimonónicos ingleses también hay algo que me marcó.

-¿Y el barroco español? Góngora, Quevedo…

– Sí, me gusta mucho, los he estudiado, los he leído, pero no considero que tenga una influencia directa de ellos. Si bien escribo sonetos y leo a Quevedo, Góngora y Cervantes, lo cierto es que me siento más cerca de los cubanos. Inclusive también de Cortázar, porque él también tiene una elaboración lingüística que muchas  veces se aleja de lo que sería un estilo narrativo seco y de acción. Igual, a mí lo que me interesa es que no se pierda el componente de lo que uno está narrando. Que no sea puro lenguaje como quizás ocurre con el nouveau roman, donde el contenido al final se desvanece. No es que hable en contra de eso. Me parece perfecto que ocurra pero no es lo que a mí me interesa. Yo prefiero que haya un hilo narrativo que vaya llevando al lector. De todas formas, con respecto al estilo barroco en El cultito, creo que es el tono particular de esa novela. En otras cosas que tengo escritas ese tono aparece un poco más o un poco menos. Pero fue concretamente para El cultito, me interesó desarrollar esa estética.

-¿Ahora tenés pensado seguir otro rumbo?

– Mirá, cuando estaba escribiendo el Cultito me di cuenta de que estaba abriendo una puerta para escribir ficción con una pata puesta en lo autobiográfico. Porque mientras escribía me vinieron un montón de experiencias y recuerdos que no funcionaban para el Cultito, y que en cierta forma tuve que contener para que no se convirtiera en una novela más larga y compleja, tipo Rayuela  o Paradiso.

-¿Te gustaría escribir algo así más adelante?

-Sí, de hecho la siguiente novela ya la tengo medio en punta. Se va a llamar Lorenza y va a transcurrir en el tiempo imaginario previo a El cultito.

Mismo universo, mismos personajes…

– Sí, digamos, El cultito tiene una base autobiográfica, describe más o menos hechos que ocurrieron en 1981. Pero por más que tenga elementos autobiográficos a mí me interesa que sea una ficción. Mi idea es utilizar ese material del mismo modo que un pintor utiliza elementos de la realidad para hacer un collage, y después esos elementos pasan a tener un nuevo significado dentro de la obra.

-Dijiste que Lorenza, entonces, va a transcurrir antes de El cultito.

-Sí, Lorenza va a transcurrir en el período previo, que es la época en que con mi familia nos fuimos a vivir al Paraguay, entre el año 77 y principios de los 80. Para poder escribir esa novela estoy entrevistando a gente de mi familia, voy a viajar a Paraguay para hacer algo de investigación de campo. Y con respecto al estilo, así como en El cultito hay esa proliferación barroca que por un lado me gusta, por otro lado me gustaría superarla en esta nueva novela, que va a tener que ver más con la oralidad.

-¿Y por qué te interesa ese registro ahora?

– Me parece que eso está muy vinculado con las lecturas que se hacen en el Pachamama. Porque ahí se lee en voz alta y hay gente que lo hace muy bien. Y me parece muy interesante lo que se puede lograr con un texto que integre ese registro. Si bien no pienso hacer que Lorenza sea una novela grabada en un disco, sí quiero que el registro pase por la oralidad. Mi idea es trabajarla en base a entrevistas y que las partes que yo utilice para conectar el material de las entrevistas pase también por la oralidad. Me gustaría poder leerla en voz alta para trabajar el tema de la respiración, la naturalidad, el ritmo. Seguramente lo trabaje con párrafos más cortos, menos complejos, con mayor repetición de palabras. Este aspecto de lo oral me interesa mucho porque la literatura empezó siendo oral y en un punto en nuestra época, en la que hay un predominio tan grande de lo escrito, se produce un retroceso de esa faceta. Entonces es interesante ver qué pasa cuando lo oral se reintroduce. Especialmente para mí que siempre estuve más cerca de lo escrito, ya sea como lector compulsivo o como escritor.

Antes de ser escritor, o por lo menos antes de empezar a publicar, Tito se ganó la vida trabajando como técnico químico. Su experiencia de veinte años pululando por laboratorios de análisis clínicos y farmacéuticos le dejó una marca que constituye uno de los aspectos más originales en el estilo de su novela. Porque la dura formación científica logra armonizarse con la sensualidad y el exceso que son propios del barroco, haciendo que las descripciones posean una materialidad contundente sin renunciar a cierto despliegue lírico.

-Se ve en la novela el peso de tu formación científica. ¿Es algo que integraste de forma consciente o fue saliendo solo?

– Sí, eso tiene que ver con una cuestión de la que me estoy dando cuenta recién ahora. Cuando escribí la novela conocía el proyecto literario de Proust aunque no lo había leído, o sea esta idea de la recuperación del pasado mediante la escritura. Y ahora que lo estoy leyendo me doy cuenta que hay en El cultito una impronta que tiene que ver mucho con esa pretensión. Todo esto que es muy difícil de describir porque es lo fugaz del recuerdo. El detalle de lo táctil, lo olfativo, un gesto mínimo, un rostro que viste en la calle. Para acercarse a eso me parece que el lenguaje científico puede aportar mucho, porque tiene todas las herramientas calibradas para realizar una descripción detallada y “objetiva” de las cosas. Yo tengo una formación científica, si bien no es terciaria, salí de la secundaria con un título de ingeniero químico y trabajé de eso un montón de tiempo. Además me gusta mucho la lectura que tiene que ver con lo científico. Es algo que tengo integrado pero que también me resulta grato, por eso creo que fue saliendo a medias conscientemente y a medias sin querer. De todas formas, cuando hice la edición final, que se la di a leer a varias personas, lo que más me marcaron fue ese aspecto como algo que entorpecía la lectura. Y a raíz de eso la corregí mucho para sacarle intensidad y lograr lo que a mí me gusta llamar la respiración del texto. Es como que tu mente tiene que respirar a la hora de leer y después de un párrafo demasiado largo se puede quedar sin aire.

-Para terminar con El cultito te quería preguntar por lo que sería el eje central de la novela, la religión.

-Bueno, yo vengo de una familia católica, católica a la paraguaya, que van a misa todos los domingos y que cumplen con todos los ritos. Crecí empapado con esa parafernalia. Siempre hubo una presencia de lo espiritual en mi forma de entender el mundo. Quizás con el tiempo y mi formación científica eso se fue diluyendo. Creo que ahora toda la espiritualidad la vuelco en una forma de pensar la poesía y de entender el arte como algo inseparable de la vida. Ya no estoy pegado a una religión instituida pero en el período que describe El cultito lo religioso tiene un peso bastante fuerte. Hay partes de la novela donde se plantean cuestiones como la existencia de Dios, la lucha entre el bien y el mal, la belleza como manifestación de la espiritualidad del mundo. Y también está esa especie de lucha entre el pensamiento católico y el protestante que son las dos religiones que aparecen en la novela y que en cierta forma constituyen una de sus líneas estructurales.

Más allá de su actividad artística Tito Arrúa es editor y fundador de No Hay Vergüenza Ediciones, proyecto independiente, gestionado con cuidado de artesano y malabares de subsistencia, que le permite no sólo editar su libro sino también muchos otros, desde rescates hasta nuevos autores.

-¿Cómo empezaste a editar?

– Desde chiquito fui muy lector y mi fantasía era, obviamente, escribir. Después, cuando fui más grande y empecé a trabajar con otra gente, armando grupos de poesía y ese tipo de cosas, con lo primero que me encontré fue con la supuesta imposibilidad de editar. Porque parecería que solamente pueden editar los autores que venden miles de libros, tipo García Márquez. Pensá que  en los ochenta la posibilidad de armar una editorial independiente era mucho más lejana que ahora. Entonces, con un grupo de poesía que se llamaba Argot, que éramos seis o siete chicos que nos juntábamos a leer literatura esotérica y a escribir, tuvimos la idea de editar unos cuadernillos, cosa que no estaba tan alejada de nuestras posibilidades. Así nació la primera Antología Argot. Y fue a partir de ahí que agarré la punta. Si lo hicimos una vez, pensé, se puede hacer más seguido. Entonces empecé a hacer libritos, primero mandándolos a fotocopiar y armándolos de manera muy artesanal. Con el tiempo descubrí que había otra gente que hacía lo mismo. Y después, bueno, ocurrió el hallazgo de la FLIA. Que fue como abrir una puerta y descubrir lo que uno siempre había añorado, que había cientos de personas que estaban haciendo lo mismo y que si nos juntábamos era todo mucho más fácil. En la FLIA conocí a Anahí Ferreyra, que también es escritora y que ahora es mi socia en No Hay Vergüenza Ediciones. Un proyecto chiquito del que mal que mal estoy viviendo. Ya tenemos cuarenta libros editados y hay una pequeña estructura que se sostiene.

-Y más allá de lo laboral, ¿hay algún goce en lo que hacés?

-Por supuesto. Lo que me pasó con la edición es que fui encontrando una vocación. Disfruto muchísimo el trabajo concreto de hacer libros, de ir a la imprenta, estar con la tinta, el papel, el diseño. Es como cualquier persona que hace un objeto concreto a partir de su trabajo, y que es algo que tiene alma, porque un libro tiene alma. Creo que hay muy pocas cosas que me gusten tanto como un libro, en tanto que objeto, en cuanto a su contenido, a su olor. Así que, bueno, en cierta forma la edición era algo para lo que estaba predestinado y que a su vez fui descubriendo de a poco. Mientras pueda lo voy a seguir haciendo.

Se pueden leer algunos capítulos de la novela en:

http://nohayverguenzaediciones.blogspot.com/

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