La chica que le sacaba ladrillos a la luna

Una lectura entusiasta de Máscara y Vacío, la ficticia historia de Syd Barret, de Anahí Ferreyra.

Por Darío Semino

Tal vez sueFeatured imagene frívolo valorar una obra literaria por su capacidad para reflexionar más que por sus méritos estrictamente literarios. Sin embargo es eso, lo que podríamos llamar característica reflexiva, lo que más me llamó la atención de “Máscara y Vacío” la primera vez que lo leí. No se trata de un libro bien escrito en el sentido meramente estético, a pesar de que en ese aspecto tampoco decepciona, sino que posee una cualidad particular, algo que le permite a la narración atravesar y rodear, siempre con delicada precisión, el mismo tema. ¿Cuál sería ese tema entonces? Me parece que por ahora no conviene responder esa pregunta, es preferible acercarse despacio a la respuesta, siguiendo el mismo ritmo que tiene el libro. Porque a pesar de lo que su historia y personajes nos podrían hacer creer, “Máscara y Vacío” no es una novela rápida y frenética, no es un libro para leer a las apuradas. En sus páginas hay drogas, locura, sexo, rock and roll, noches y ambiciones. Todos los ingredientes necesarios para hacer una obra escandalosa, ácida y vertiginosa. Sin embargo ninguno de esos adjetivos le queda a este libro. Su estilo recorre todos esos lugares comunes de la narrativa joven sin concentrarse en lo escabroso, sin buscar la ostentación de lo bizarro ni caer en la glorificación ingenua de la decadencia o la locura. Pero afortunadamente tampoco cae del otro lado. Lo superficial y lo frívolo no son reemplazados por la abulia de esos libros en los que no pasa nada. “Máscara y Vacío” no es un libro atrapante como lo es un thriller, no es una novela bizarra de locos y drogadictos pero tampoco es un libro inmóvil, con descripciones que a fuerza de recargadas pretenden ser profundas ni acciones que de tan sutiles pasan a ser intrascendentes. Para definirlo se podría decir que se trata de una novela paciente, mesurada, que se toma su tiempo para contar lo que ocurre pero que nunca se detiene. Los sueños, las alucinaciones, las charlas y la música, todo se destila por la prosa de la autora sin prisa pero sin pausa. Y cada tanto, en ese estilo correcto, emergen pedacitos de pensamiento poético del tipo: el tiempo, esa cosa que se mueve sigilosamente como víboras en el barro. Tengo la sensación de que si uno sigue esos trocitos que cada tanto salen a la superficie puede descubrir que en realidad no se trata de fragmentos aislados. Porque debajo de la corteza de un libro que se deja leer como la historia de los primeros años de Pink Floyd está esa otra cosa, esa voz literaria que crece, que todavía no se atreve a decir su nombre pero que no por eso deja de arrastrarse sigilosa e inevitable. Pero para captar el modo en que se mueve esa voz es necesario conocer no solamente la historia que el libro contiene sino también aquella que lo rodea.
Ningún aspecto de “Máscara y Vacío” fue tan comentado, en los diversos ámbitos en los que circuló el libro hasta ahora, como la situación en la que fue escrito. Situación que, hasta dónde sé, no tuvo nada de particular excepto una cosa, cuando lo escribió Anahí todavía era una adolescente. Esto hace que “Máscara y Vacío”, junto con la deliciosa nouvelle “Las Alturas”, deambule de edición en edición con su propio y pequeño mito. Es el libro que habla de Syd Barrett y Pink Floyd, que suele estar en las mesas de la FLIA (Feria del Libro Independiente y A) y diversos tugurios culturales, es el libro del cual todo el mundo habla maravillas y que fue escrito por una chica rara que dice dedicarse a desenladrillar la luna. ¡Y encima lo escribió siendo tan joven! De algún modo el mito del libro se acopla con el mito de la historia que cuenta. El talento precoz de Syd Barrett, el primer motor creativo de Pink Floyd, retratado por el talento precoz de una adolescente. Si bien yo tampoco puedo sustraerme a la mezcla de admiración y envidia que genera esa capacidad tan tempranamente despertada en Anahí, me parece más interesante tratar de entender el motivo por el cual esta chica tímida pudo escribir tan rápido y tan bien un libro como “Máscara y Vacío”. Es posible que en el punto donde se concentra nuestra admiración esté oculta la respuesta. Tal vez, si dejáramos de preguntarnos cómo pudo escribir ese libro siendo tan joven, empezaríamos a ver que, en realidad, el libro fue escrito justamente porque la autora era tan joven. Y con esto no quiero aludir a ninguna concepción particular del acto creativo, no estoy diciendo que la capacidad para la escritura se manifieste mejor a temprana edad por la falta de prejuicios y la abundancia de energía juvenil. Y menos aún estoy situando a Anahí en la zona mítica de los genios jóvenes a la que pertenece el protagonista de su novela y que en literatura agarra cuerpo con la figura de Rimbaud. El motivo por el cual Anahí no entra en esa categoría es muy simple: “Máscara y Vacío” es un muy buen libro, pero no es genial, no es una obra maestra y dista mucho de serlo. Lo que hay que ver en él es una prosa que puede volar alto pero que todavía no llega. Y eso le da al libro algo que podríamos llamar ambigüedad temporal, porque es el retrato de un talento artístico clausurado en el pasado que habla de otro talento que se abre hacia el futuro.
¿Pero por qué, entonces, afirmar que en la corta edad de la autora existe la clave para entender la génesis del libro? Muy simple. Porque si “Máscara y Vacío” hubiese sido escrito por un periodista o un igualmente maduro historiador del rock el resultado podría haber sido una obra mejor documentada y más sólida en el manejo de las fuentes pero infinitamente más alejada de la pulpa del asunto. Porque si Anahí nos transmite la sensación de estar espiando a través del tiempo y el mito de Barrett, como si pudiera ver el reverso de las fotos y los datos periodísticos, es porque ella está cerca de lo que escribe. La artista adolescente está intentando entender a alguien que no es tan diferente de ella misma. Y esto no vale solamente para Barrett, porque si bien él es el centro del libro, a su alrededor giran, muchas veces con el mismo peso, las figuras de sus compañeros. Quienes están al lado de Barrett son nada más y nada menos que Roger Waters y David Gilmoure. Aunque en ese momento no son más que unos jóvenes casi adolescentes que sueñan, que intentan, que se acercan y que se alejan de lo que quieren lograr. La afinidad que mantiene con sus personajes le permite a la autora hacerlos hablar y moverse con tanta soltura, como si no fueran los próceres del rock sino unos simples amigos suyos que tienen una banda, que quieren comerse al mundo pero que todavía no saben cómo hacerlo.
Este aspecto puede observarse en la construcción de los diálogos, los cuales no están escritos en castellano neutro, sino en argentino, en el argentino que es propio de la autora. Llamativamente esto hace que las charlas entre los personajes, después de un primer momento de extrañamiento, suenen tan naturales. Los que hablan son Roger Waters y Syd Barrett pero también son unos jóvenes de Argentina o de cualquier otro tiempo y lugar que se hacen las mismas inevitables preguntas sobre el acto creativo.
Y así llegamos al centro mismo de todo lo que estamos planteando, porque aquello que los personajes persiguen es lo mismo que la voz narradora intenta entender, es aquello sobre lo cual reflexiona permanentemente con conceptos, con imágenes y con situaciones. Es la naturaleza del acto creativo lo que está en el centro de la obra, atrayendo y rechazando a sus personajes. ¿Cómo escribir una canción que quede en el tiempo, que toque las fibras más intimas de la realidad? ¿Cuáles son los medios para llegar a eso: el estudio, la droga, la inspiración, la locura? ¿Y cuáles son las consecuencias de haberlo logrado?
Supongo que cada una de esas preguntas tiene tantas respuestas como artistas existen en el mundo. Más aún, es posible que sea cierta la idea de que cada obra es una respuesta única e irrepetible, cada libro una forma de responder cómo se escribe. En el caso de Anahí esto se da con absoluta claridad. “Máscara y Vacío” es el libro de una adolescente fascinada con Barrett y Pink Floyd que intenta entender aquello que la fascina. ¿Cómo pudieron crear esa música? ¿Qué rol tuvo cada uno? ¿Cómo se conjugaron sus personalidades? La autora se siente ante sus personajes del mismo modo que nosotros nos sentimos ante su obra. La diferencia está en lo que ella logra hacer con eso. Porque, más allá de lo que opinemos sobre este libro o sobre su tema, es cierto que todos fuimos adolescentes, todos tuvimos nuestros fanatismos rockeros, nuestros ídolos locos o rebeldes, pero sólo Anahí pudo hacer de esa fascinación una fuerza creativa. Es como si antes de dejar la adolescencia ella hubiese logrado robarse algo de ahí, algo confuso y delicado a lo que decidió llamar “Máscara y Vacío”. Y nosotros le estamos agradecidos.

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